Viajar es incomodo por las medidas de seguridadAunque suena a lugar común, la afirmación de que los atentados ocurridos hace 10 años generaron una nueva percepción del mundo es innegable.

 

Antes de ese hecho un envase con 150 mililitros de líquido, un desodorante en spray o una lata de espuma de afeitar no representaban ningún peligro.

Hoy es casi imposible abordar un avión portando uno de estos objetos en la maleta de mano bajo el argumento de la seguridad. Pues se supone que un viajero creativo podría usarlo para confeccionar una bomba y amenazar con ella a la tripulación de un avión.

Aunque eso parezca delirante, el temor se ha instalado en la industria aeronáutica mundial. A partir de los atentados se desarrolló, a escala mundial, una serie de dispositivos y filtros de seguridad, aduanas y migración que antes no existían, explica un funcionario aeroportuario.

Por ello, en los grandes aeropuertos el viajero debe llegar hasta tres horas antes de su vuelo para cubrir sin sobresaltos esos controles. “La seguridad aérea se convirtió una industria, pero los usuarios la han sabido aceptar porque ellos también sienten temor que algo pueda pasar”, señala.

Y las regulaciones no paran. Para las líneas aéreas, por ejemplo, no es extraño recibir de la Asociación Internacional de Transporte Aéreo, IATA, por sus siglas en inglés, nuevos listados con artículos prohibidos, regulaciones de espacio o de peso en las cabinas.

Pero el argumento de la seguridad también ha sido pretexto para cometer excesos. El periodista chileno Anwar Farrán viajó hace un par de años a Londres, Inglaterra, de turismo y cuando uno de los oficiales de aduana revisó su pasaporte lo separó de la fila.

Su control fue más exhaustivo que el de otros pasajeros y el interrogatorio más prolongado, al final le dejaron pasar. Farrán no encuentra otra explicación para ese comportamiento que su apellido de origen libanés.

El sociólogo Humberto Chacón está de acuerdo con el periodista en sus sospechas. Él cree que a partir de esos acontecimientos se universalizó la inseguridad, pues atentaron contra el bastión de la primera potencia mundial y símbolo del llamado Primer Mundo, que aparentaba ser inexpugnable.

En ese estado de miedo universal se segmentó a los ciudadanos con carteles de alto, medio o bajo riesgo. Y quienes tienen origen árabe o profesan el Islam ocupan la primera escala.  Es decir, se generó un prejuicio en torno a este segmento poblacional al relacionarlo con el terrorismo.

Pero los excesos van mucho más allá de un interrogatorio adicional en un aeropuerto.

Un informe de la Federación Internacional de los Derechos Humanos, FIDH, realizado a propósito del décimo aniversario de los atentados del 11-S, asegura que estos hechos suponen una profunda ruptura en el orden geopolítico mundial.

Apunta que fueron “el comienzo de una verdadera regresión en la esfera de derechos y libertades”. La política liberticida impulsada en el mundo desde entonces ha tenido efectos devastadores y ha conducido al progresivo abandono de los valores esenciales de la humanidad, resalta el documento del FIDH.

Tras aquel gran traumatismo, y en aras de la lucha contra el terrorismo, países como EE.UU. y Reino Unido adoptaron leyes excepcionales.

Con ellas legalizaron la posibilidad de detener por tiempo indeterminado a extranjeros, sin acusaciones precisas, sobre la base de una mera sospecha de participación en actividades terroristas o de supuestos vínculos con organizaciones de este tipo, señala el documento.

En ese contexto surgió la prisión de Guantánamo, donde desde enero del 2002 se empezó a recluir e interrogar a sospechosos de terrorismo y juzgarlos ante tribunales militares. La mayoría de detenidos fueron capturados en Afganistán durante la administración de George W. Bush. 171 presos permanecen en Guantánamo.  

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