Venecia, para millones de personas, es uno de los escasos puntos de referencia en la corta existencia que generalmente se concede a los mortales. Es un decorado de agua y piedra, una ficción, una ilusión, que el recuerdo, con el paso de los años, mitifica.

 Cientos de miles de parejas, de recién casados, de irregulares, de aventuras galantes, yacieron aquí, en medio de esta laguna, que de no haber sido por las corrientes marinas estaría  quizás atascada por cientos de miles de profilácticos. Pero eso era antes. Ahora las píldoras anticonceptivas las toman hasta las palomas de la plaza de San Marcos, por acuerdo del Municipio. “Venecia o las palomas”, dijeron. “¡Tú también debiste haberlas tomado, amor mío!”, decían los maridos meses más tarde en cualquier hogar del mundo, cuando los sollozos de los niños no dejan dormir y algunas veces hasta entran deseos de estrangularlos.

No se puede decir impunemente te quiero en Venecia sin que resuene durante años en nuestras vidas. Como un reproche. “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”, dijo el poeta, pero los sesenta pasajeros  del vaporetto no la presintieron porque llovía y habían cerrado previamente las ventanillas y las puertas. Murieron treinta y seis, en su mayoría turistas de diversas nacionalidades. “Cerraron su propio ataúd”. Esto nos lo decía un superviviente a un grupo de periodistas curiosos. Su ropa, sus cabellos estaban empapados de agua y yo no me cansaba de mirar a una persona que había visto a la muerte. Conservo el periódico de aquel día, Il Gazzetino. Suena bien, ¿verdad? Su fecha: 12 de septiembre de 1970. Un poco más tarde, Luchino Visconti vendría aquí, al Lido, a rodar otra muerte, la del viejo y cansado “profesor Aschenbach”, esa patética creación de Thomas Mann. Sólo un artista como Visconti podía imaginar una muerte tan bella en la playa del Lido veneciano. Esos son los muertos de celuloide, pero yo no entré en contacto en Venecia con la Muerte auténtica. La vieron venir por el lado de Cavallino y nada se pudo hacer. Los más viejos del lugar no recordaban un tornado de tal potencia. Lo arrasó todo. Pero aquello ya pasó, incluidos los viejos del lugar. 

Hay muchas Venecias. Está la Venecia de los turistas veraniegos, policromía y tarjetas postales. No es recomendable Venecia en verano. Se convierte en algo así como un gran museo. Millares de turistas en paciente cola avanzan penosamente  por sus callejuelas queriendo verlo todo lo más aprisa posible.  “Si hoy es martes, esto es Venecia…”: una foto por aquí, otra por allá. Y luego, en el hogar, todo un invierno para enseñar a los amigos las diapositivas de “la bella Venecia”.

 Hay otra Venecia. La de los meses invernales. Recogida, íntima, silenciosa, encantadora. Para captarla es necesario decir “basta” a todas las cosas que nos arruinan la existencia y plantarse en el escenario un día cualquiera de enero o febrero. Al atardecer, los venecianos cierran sus negocios y se van a dormir a tierra firme, en Mestre-Marghera. Es entonces, cuando voluntariamente perdidos, extraviados en el dédalo de sus callejuelas, se puede intentar captar la Venecia de otros tiempos. Es entonces cuando cobran relieve las cosas, los edificios, los monumentos. Y además las palomas duermen.

No se fíen de las palomas venecianas. No quieren a los turistas. En el fondo, los odian. Todos los días posando ante las cámaras de los aficionados. ¿Se lo imaginan? Tampoco al famoso dibujante Saul Steinberg le caían, al parecer, muy simpáticas las palomas venecianas. Existe un famoso dibujo suyo, una visión personalísima de la plaza de San Marcos, toda ella invadida… de cuervos. El dibujo causa un efecto angustioso. Cuervos en lugar de palomas. ¿Se las imaginan un día atacando con saña a los turistas, como en la inolvidable película Los pájaros, de Hitchcock?

Los venecianos están hartos de ellas. Hay más palomas que habitantes. Y durante el invierno su alimentación corre a cargo del presupuesto municipal. Además sus excrementos arruinan todos los monumentos, porque los ácidos contenidos en los mismos roen los mármoles, los bronces. Es por eso que decidieron años atrás implantar la píldora. Ignoro si todavía la mezclan con el maíz en los cucuruchos que se venden en los estratégicos tenderetes.

En un día claro se pueden vislumbrar parte de las 118 islas esparcidas por la laguna y los 150 canales en los que se divide la ciudad. Basta con subir al Campanile en la Plaza de San Marcos que la preside con sus 99 metros de altura. Se derrumbó la mañana del 14 de julio de 1902, pero no causó víctimas y afortunadamente cayó en sentido contrario a la Basílica. Sólo una de sus campanas queda intacta. Las otras quedaron destruidas; entre ellas, la llamada “Campana del Maleficio”, que repicaba cuando se llevaban a cabo las ejecuciones capitales.

En la antigua Torre exponían los venecianos a los sodomitas a la vergüenza pública. Se calcula que en el año 1500 había en Venecia 11.000 prostitutas y un número más elevado de homosexuales. Los castigos eran severísimos. Muchos eran decapitados en la misma plaza; los más afortunados. Los menos eran encerrados en una jaula de hierro y madera, que se colgaba de una viga sobresaliente a mitad de altura de la torre. Y allí morían…

De Venecia y los venecianos podrían contarse muchas historias. Los venecianos han sido muy dados a la fantasía y a dar rienda suelta a su imaginación. Lo que no ha existido se lo han inventado, procurando no defraudar a los turistas…, como en el caso de Otelo y Desdémona. ¿Qué veneciano se atrevería a decir que la existencia de la famosa pareja resulta un tanto improbable y quizá su drama solamente se anidó en el cerebro de Shakespeare? En Venecia, no faltaba más, existe una “casa de Desdémona” y una “casa de Otelo”. La primera se halla situada, según reza la inscripción, en el Palacio Contarini-Fasan. La del “moro”, en el campo de los Carmini.

VeneciaLos historiadores, especialmente los venecianos, han creído descubrir al célebre celoso en determinadas personalidades ciudadanas. Tengan en cuenta que sangre mora la tenían muchos venecianos y que, por lo tanto, la piel oscura no extrañaba mucho en la Venecia de siglos pasados, marinera y aventurera.

Un estudioso ha identificado a la pareja en los nombres de Nicola Querini y Palma Querini, que se casaron en 1535 y entre los que se daba una diferencia de edad de trece años, la misma que Shakespeare señala en la ficción teatral. Nicola fue un bravo soldado y no se excluye que fuese moro y tuviera la piel oscura. Parece ser que el matrimonio vivió muy feliz los primeros años, pero luego, cuando Nicola marchó a luchar contra los turcos, se despertaron en él los celos, al parecer totalmente infundados. De Yago, instigador de los mismos, nada dice el estudioso. Pero se sabe que Nicola maltrató a su mujer y que una vez trató de estrangularla. Asustada y harta, la presunta Desdémona se refugió en casa de sus padres. Estos acusaron al yerno de malos tratos, pero la influencia de la familia de Nicola era asimismo notable y el celoso salió bastante airoso del trance con un leve castigo. De todos modos, veinte años más tarde murió asesinado misteriosamente.

Otro inevitable personaje veneciano es Marco Polo, el legendario viajero del siglo XIII que llegó hasta China. Pero, ¿realmente Marco Polo estuvo allí? Porque en su famoso libro Descripción del mundo no hace ninguna referencia a la Gran Muralla China y a otras muchas peculiaridades del pueblo chino. Fue una investigadora británica, Frances Wood, la que suscitó en 1996 un gran escándalo con su libro ¿Estuvo Marco Polo en China? Existe un tercer veneciano universalmente famoso, el seductor Giacomo Casanova. Es inútil que pregunten por él porque falleció el 4 de junio de 1798 en la actual República Checa.

Dicen que los venecianos no creen en nada; mejor, en una cosa: en el dinero. Calumnias. Las numerosas iglesias que salpican Venecia vienen a demostrar lo contrario. Solo que muchos venecianos, por si acaso, se han mostrado creyentes de todo, hasta del diablo, que tiene su calle, su puente y un pórtico en Santa María Mater Domini.

Cuando pasen –ineludible, por supuesto- por el Puente de los Suspiros no hagan mucho caso a los cicerones. Por muy fuertes que suspirasen los prisioneros, pocos los oían en la época de los duces, ya que el corredor que conducía desde los calabozos de San Marcos al palacio del Dux queda un poco a trasmano. De todos modos, el corredor tuvo años de mucho tránsito. Eran los tiempos en que las denuncias secretas estaban a la orden del día. Se depositaban en la famosa “Boca del León”, existente en la actualidad y que se encuentra en la Sala de la Brújula, en el Palacio Ducal, y a la derecha de la puerta que conduce a la escalera de los Censori.

Hoy día los turistas tienen ocasión de visitar los calabozos húmedos y lóbregos pero que, comparados con los utilizados en su tiempo, son ejemplo de confort y comodidad. Las crónicas hablan de la existencia de unas antiguas prisiones utilizadas por la República veneciana, llamadas de los pozzi, sin ventana alguna, con sólo una estrecha abertura hacia un oscuro corredor. Los calabozos estaban revestidos de maderos que los hacían semejar a ataúdes, aunque parece ser que el propósito de este revestimiento fue el evitar las humedades, dado que los calabozos se hallaban a ras del agua y en época de grandes mareas quedaban bajo su nivel. Muchos prisioneros enloquecían y para ellos era una gran liberación ser decapitados,  hecho que siempre tenía lugar en la Plaza de San Marcos, junto a la orilla del mar, en medio de las dos famosas columnas que se yerguen la una junto a la otra. Allí levantaban los venecianos el patíbulo y acudían a presenciar la ejecución, previa convocatoria verificada por la tristemente famosa campana, a la que me he referido anteriormente.

Hay una Venecia enloquecida durante los Carnavales de febrero y a partir de la primavera con la masiva afluencia de turistas. El primer domingo de septiembre, día de la “Regata Histórica”, marca el punto de inflexión. Personalmente aconsejo visitar y revisitar Venecia en los meses otoñales e invernales. Entonces, pasearán por una Venecia recogida, íntima y silenciosa.

Años atrás podríamos habernos topado con Jeanne Moreau y Stanley Baker, cuando rodaban Eva, de Losey. O con Farley Granger y Alida Valli trabajando para Senso, de Visconti. O con Tony Musante y Florinda Bolkan, en Anónimo veneciano, mientras suena el solitario oboe del “Adagio” del Concierto en do menor de Marcello. Precioso telón de fondo Venecia para los dramas de amor… invernales.

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