Nilvia Mitchell confiesa que hubo momentos en los que sintió que no podía más. “Pensé en pararme enfrente de un tren” y terminar con todo, dice.

Tragedia 11-S

Esta manizalita de 62 años entró en una depresión profunda tras la muerte de su hijo, César Augusto Murillo, en los ataques del 11 de septiembre del 2001. Con apenas 32 años, Murillo estaba estrenando cargo en la División Internacional de la firma de corretaje Cantor Fitzgerald, cuando quedó atrapado en el piso 106 de la torre norte.

Esa mañana, muy temprano, había llamado a su mamá, que estaba de visita en Colombia, para preguntarle cómo estaba.
“Siempre andaba muy pendiente de mí”, dice Mitchell. La conversación fue corta. Sería la última vez que iba a hablar con su hijo.

Cuando César apenas tenía un año, Mitchell lo trajo a EE. UU. Tras separarse de su marido, tuvo que criarlo a él y a su hermana, prácticamente, sola. Por fortuna, César resultó un hijo modelo.  “Siempre estaba alegre, optimista, con una actitud positiva”.

Realizó maestrías en la Universidad de Vermont y en la de Nueva York y tenía facilidad para aprender idiomas. “Hablaba italiano, francés, inglés, español… cuando entró a Cantor me dijo que se sentía como en la cima del mundo”.

Mitchell agrega que su hijo quería mucho a Colombia y vivía orgulloso en su tierra. “Le encantaban los buñuelos”. También era un bailarín empedernido.

El sueño americano de César Augusto, que estaba recién casado y vivía en Tribeca, fue drásticamente interrumpido cuando el primer avión hizo impacto en la torre Norte. Alcanzó a llamar a su esposa para pedirle que marcara el 911 (el número de emergencia). Le dijo que iba a empezar a evacuar y que la amaba.

El recordar los detalles de ese momento sigue siendo doloroso. Mitchell intentó llamarlo, pero las líneas estaban bloqueadas. Los vuelos a EE.UU. también fueron suspendidos tras el cierre del espacio aéreo. “Me iba a enloquecer porque no podía viajar”.

Una semana después, logró llegar a Nueva York, pero la escena que vio la dejó desconcertada: una zona de guerra de la que aún salía humo. Su búsqueda fue infructuosa. La agonía se extendió a marzo del año siguiente, cuando le confirmaron que habían encontrado los restos de su hijo.

“Me dijeron que habían identificado partes del cuero cabelludo, la mandíbula y una parte del hueso de una pierna”.

Nilvia intentó ir a terapia sicológica, pero no consiguió superar su dolor.

“Si las lágrimas trajeran a mi niño, mi hijo estaría con nosotros.
Con el tiempo y su fe en Dios, logró admitir que tenía derecho a llorar y a seguir adelante. Ahora, está enfocada en el cuidado de su pequeña nieta, de 4 años, lo que considera su nueva misión. “Es lo que Cesítar hubiera querido”. EL TIEMPO (Nueva York)

 

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