Una residente de Cauley Square recorre la zona tras el azote del huracán. Blanca Flores, Hermán Martínez y Elvira Carvajal habían hecho sus vidas en el sur del Condado Miami-Dade tras emigrar de sus países en América Latina. Pero lo perdieron todo hace hoy exactamente 20 años, cuando el huracán Andrew azotó la zona como una hoz gigantesca que arrasó con casas, edificios, palmeras y árboles.

Más de 28,000 viviendas quedaron destruidas y más de 107,000 resultaron dañadas. Quince personas murieron en el condado y más de 180,000 quedaron sin hogar, entre ellos Flores, Martínez y Carvajal, quienes hoy han podido reconstruir sus vidas exitosamente, regresando a vivir a la zona devastada. Son ejemplos del renacimiento de Florida City, Homestead y otras zonas del sur del condado que quedaron derruidas al paso de Andrew en la madrugada del 24 de agosto de 1992, fecha que quedó marcada en la historia local como la de un desastre de proporciones bíblicas.

Aunque las autoridades ordenaron una evacuación general en amplias zonas, decenas de miles de residentes decidieron quedarse en sus casas, apartamentos o casas móviles porque nunca se imaginaron que el huracán iba a ser tan destructivo. Muchos de los que no huyeron murieron o quedaron heridos. Otros, como Flores, Martínez y Carvajal, sobrevivieron, pero ahora sufren remordimientos de no haber acatado la orden de evacuación, principalmente porque tenían hijos pequeños que quedaron traumatizados.

“Pensé que se iba a acabar el mundo”, comentó Carvajal, oriunda de México.

“Cuando el huracán estaba pasando, sonaba como un monstruo gigante”, recordó Flores, que sobrevivió con sus tres hijos escondida dentro del baño de su vivienda, la única parte de la casa que quedó en pie.

Martínez, que pasó la noche del huracán trabajando como voluntario de la Cruz Roja en un refugio en North Miami Beach, regresó a su casa móvil luego de la salida del sol y encontró que ésta había desaparecido. Todas las casas móviles que había en la zona fueron arrancadas de sus cimientos. Muchas de ellas aparecieron luego a decenas de kilómetros de sus emplazamientos.

Un avión fue volcado por los vientos en el Aeropuerto de Tamiami. Martínez, Flores y Carvajal contaron sus historias en entrevistas con El Nuevo Herald el jueves, la víspera del 20mo. aniversario de Andrew. Los tres vivían en Homestead en 1992, perdieron sus hogares y tuvieron que abandonar la zona temporalmente. Pero decidieron regresar al sur del condado porque sus raíces estaban ya echadas aquí.

Quizá la situación más dramática fue la que experimentó Flores, porque se había quedado con sus tres hijos pequeños en su apartamento del tercer piso de un edificio de cuatro pisos en la esquina de la calle 2 y la 2da. avenida, en Homestead. Ella y su esposo, Martínez, del que estaba separada entonces, pensaban que el edificio podría resistir los vientos y la lluvia del huracán. Martínez había partido a ofrecer sus servicios en el refugio de North Miami Beach. Ambos emigraron de El Salvador.

“Yo había llegado de mi trabajo en un vivero como a las 5 p.m. y todo parecía normal pero ya entrada la noche, como a las 11 p.m., los autos de la policía con las bocinas en alto empezaron a exhortar a la gente a irse”, recordó. “Decidí quedarme y nos fuimos a acostar, yo y mis hijos. Fue en la madrugada que nos despertamos cuando el viento empezó a quebrar las ventanas”.

No lo pensó dos veces. Flores se parapetó con sus hijos: Tania Alejandra, de 8 años; Mario Alfonso, de 5; y Kristina, de 3, en el baño.

“Agarré un montón de cobijas y las metí a la tina del baño y ahí me senté a mis tres hijos. Me puse en la orilla de la puerta del baño con una cobija para que no entrara el aire y el agua. Tenía los pies contra la tina y la espalda contra la puerta para que el viento no la abriera”, dijo Flores.

Tres niños duermen en el parqueo de un Days Inn en Homestead mientras su madre vigila.A la mañana, cuando cesaron el viento y la lluvia, Flores salió del baño y se dio cuenta de que todos sus muebles, el televisor y otras pertenencias habían desaparecido a través de las ventanas rotas.

“No había quedado nada, nada”, apuntó. “Fue como si una aspiradora gigante hubiera cepillado el piso. Sólo había quedado el baño”.

Martínez salió del refugio en Miami Beach y se dirigió a Homestead a ver qué había pasado con su familia.

“Me puse a temblar y a llorar, porque pensé que a mi familia no la iba a ver más, fue cuando llegué a Cutler Ridge y vi un camión de carga grande encima del techo de una tienda”, señaló. “Cuando llego a Homestead, desde el Turnpike, no se veía ningún edificio en pie”.

Martínez se tranquilizó cuando finalmente encontró a su familia sana y salva.

Carvajal y su familia, incluyendo a sus pequeños hijos, decidieron pasar el huracán con seis familias amigas en una casa que pensaban que resistiría. Pero al pasar Andrew, las familias llevaron a más de una docena de niños para el baño porque el viento había roto las ventanas y había destruido parte de la vivienda.

“Cuando amaneció, salimos afuera y parecía como que había habido una guerra”, señaló. Agregó que fue a su apartamiento y vio que estaba destruido. (El Nuevo Herald)

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