11-SEn el Pentágono o en Nueva York, como en Belfast o Madrid, en Gaza o Tel Aviv, en cualquier lugar del mundo donde explosiones inesperadas de bombas o de aviones o autobuses dejan su reguero de cadáveres, la mirada de los niños agrega a la crueldad una inquietante cuota de incredulidad. Y, en este décimo aniversario de los atentados del 11 de setiembre del 2001, varios de esos niños norteamericanos, ahora adolescentes o casi adultos, compartieron desde revistas y documentales sus recuerdos de una vida sin padres.

“Cuando estaba en la secundaria, no dejaba de asombrarme con qué facilidad mis compañeros pensaban que había llegado el fin del mundo simplemente porque habían perdido el teléfono o se les había roto el automóvil”, contó, por ejemplo, Caitlin Langone, cuyo padre, un policía y bombero voluntario de Queens, en Nueva York, murió en las Torres Gemelas adonde había corrido para ayudar a salvar gente. Ahora, con 22 años, Caitlin contó en un documental de la NBC que la “ventaja” de ser la hija de un policía querido en el vecindario fue que nunca se sintió sola después de los atentados. “Cuando murió papá –relató– resultó que tenía como veinte o treinta ‘hermanos’ y ‘tíos’ nuevos que venían a casa a contar historias sobre él”.

El documental siguió la historia de once de los alrededor de 3.000 niños que perdieron su padre o su madre en los ataques. Caitlin, por ejemplo, estaba en la escuela cuando una maestra les avisó a los alumnos que dos aviones habían chocado contra las Torres. La madre de Rodney Ratchford, que ahora tiene 17 años, trabajaba en una oficina informática del Pentágono y allí murió hace diez años, mientras que Farquad Chowdhury es considerado el primer hijo de una víctima nacido después de los atentados: su padre era camarero del restaurante Windows on the World, una de las maravillas del World Trade Center, y no pudo escapar del colapso.

Algunos de los niños que aparecen en el documental fueron también parte de un especial de la revista People, incluyendo fotografías que los muestran con ojos tristes y con objetos que les recuerdan a sus seres queridos. A la revista, Gabriel Jacobs Dick, quien nació también después de los ataques, le contó lo que hace cada año para recordar a su padre, quien murió mientras participaba de un seminario en una de las Torres.

“Cada 11 de setiembre largo al cielo globos con mensajes para papá, en los que le cuento cómo están las cosas en nuestras vidas”, dijo Gabriel. En general, los globos incluyen un papelito que dice también “te extraño”.

Otros niños que también tuvieron historias para compartir en estos días fueron los que estaban escuchando al entonces presidente George W. Bush leerles un cuento en una escuela de Florida justo en el momento en que los aviones se estrellaban contra sus blancos. “Era demasiado pequeño e ingenuo como para entender la gravedad de la situación”, dijo Lázaro Dubrocq, quien ahora tiene 17 años. “Pero cuando empecé a madurar –siguió–, haber estado ahí me ayudó a tener una mejor perspectiva del mundo, a entender que hay política y guerras y genocidios que ocurren todo el tiempo en todos lados, me ayudó a darme cuenta rápidamente que el mundo no es un lugar perfecto”.

Entrevistada por la cadena Fox News, Chantal Guerrero, quien también estaba en la sala de la escuela primaria Booker, en Sarasata, junto a Bush, y ahora estudia en un colegio militar, tuvo incluso la cortesía de comprender al presidente, a quien las cámaras sorprendieron con el rostro atribulado después de que su jefe de gabinete, Andrew Card, le informara al oído sobre los hechos. “Por quedarse con nosotros lo criticaron, si se hubiera ido también lo habrían criticado, pero yo creo que hizo lo correcto” al permanecer en esa escuela de Sarasota mientras el mundo empezaba a cambiar, dijo Chantal, de 17 años.

 

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