El nombre de Cantinflas va indisolublemente asociado a la figura del “peladito”. El pícaro de aspecto desgarbado, con su camiseta larga,  pantalones demasiado anchos, remendados y caídos, sombrero y pañuelo rojo, cuyo creador, Mario Moreno, celebró el centenario de su natalicio.

Además el personaje era capaz  de “hablar de forma disparatada e incongruente y sin decir nada”, tal y como el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua define el verbo “cantinflear”. Cantinflas

Sin embargo, Mario Moreno fue, en sus 45 largometrajes y 6 cortometrajes, mucho más que un hombrecillo desaliñado  que pasó de “peladito” a héroe popular,  por su lucha contra las injusticias, su marcado sentido de la moral y su defensa a ultranza de los más desfavorecidos.  

Cartero, fotógrafo, bailarín, bombero o cantante son algunos de los “uniformes” con los que Mario Moreno se sentía como pez en el agua, pues fueron oficios que desempeñó en la vida real pero también en el cine, personajes todos ellos con un algo de “peladito” y un puntito de “desastrados”. 

A Cantinflas los uniformes le quedaron o bien tan grandes que parecía bailar en ellos, o tan estrechos que no se explica cómo no saltaban uno a uno los botones. Por no olvidar toda una panoplia de sombreros y gorros, que siempre le quedaban torcidos, una parte imprescindible de su “look”. 

El servidor público

Uniformado de azul, jersey de cuello vuelto y casco azul y negro, El Patrullero 777 (1978) intenta poner paz y cordura con su labia acelerada en disputas urbanas o familiares y no duda en infiltrarse en un cabaret,  de tipo duro y con lentes oscuros, para mantener a raya al crimen. 
Aunque años antes de luchar contra el crimen, Cantinflas lo hizo contra el fuego en El Bombero Atómico (1950), a pesar de su escasa forma física, su manifiesta torpeza para la labor y un casco siempre demasiado grande.

Pero le duró poco el cargo pues, por carambolas del destino, se ve endosando un flamante y casi hecho a medida uniforme de policía,  mal abotonado y con la gorra torcida, para dar vida al mítico sargento 777, que salvará a su hijita adoptiva de unos malvados delincuentes. 

Pero Cantinflas mostró su cara más intrépida en 1947, con la comedia ¡A Volar Joven!, un recluta de pantalones caídos y corbata mal anudada que hará todo lo posible por huir de una poco agraciada novia a la fuerza e incluso intenta meterse a piloto del Ejército para poner cielo de por medio con su prometida, que a la postre no resulta un mal partido. 

También se puede hacer un servicio público escoba en mano y así Cantinflas se convirtió en 1981 en El Barrendero (su última película), embutido en un anodino mono naranja y sin renunciar al sombrero. Napoleón, que tal se llamaba, se revela como un aprendiz de ligón con las sirvientas del barrio y con mucho ritmo para limpiar las aceras mientras baila con su escoba, aunque siempre metido en embrollos por intentar ayudar a los demás. 

Servicio de habitación  

Sin embargo, uno de los atuendos más memorables de Mario Moreno es el de botones en Gran Hotel (1944), en el que hace una aparición triunfal ataviado con una chaquetilla varias tallas más pequeña que la suya, abotonada como “de casualidad”, bajo la que se puede ver un cuarto de su inseparable camiseta blanca, todo ello combinado con sus típicos pantalones atados con una cuerda y, como siempre, una gorrilla que no acaba de encontrar la verticalidad.  

Más allá de botones, Cantinflas llegó a mayordomo, nada menos que del aristócrata inglés Phileas Fogg a quién acompañó a dar La Vuelta al Mundo en 80 Días (1956), desde Inglaterra, pasando por Francia, España, India, Hong Kong o Estados Unidos. 

En esta producción de Hollywood, protagonizada por David Niven y que recibió cinco premios Oscar y dos Globos de Oro, se puede ver como el cómico mexicano -en el papel de Passepartout o Picaporte- da todo un recital de vestuario, desde mayordomo -con pantalón de raya diplomática y botines- pasando por torero, japonés o mexicano, entre otros “estilismos”. 

De sacerdote a embajador

Cantinflas alcanzó cotas de elegancia como embajador de la República de los Cocos en Su Excelencia, película en la que luce un espléndido frac negro plagado de condecoraciones. Una perfección que se deja traicionar por una pajarita tan inmaculadamente blanca como torcida. 

Un filme de 1966 que contiene un memorable discurso del actor con una ácida critica a los gobernantes del mundo, a quienes exhorta a conseguir la paz y la libertad.

El actor consigue su imagen más sobria gracias a la sotana en la película El Padrecito (1964), en al que un atildado padre Damián llega a la localidad de San Jerónimo el Alto, donde se enfrenta con un cacique que tiene sometido al pueblo y es así como sale la cara más social de Cantinflas, que se revela ante las injusticias cometidas contra los más humildes.

Sin embargo, en sus esfuerzos por ayudar e integrarse en San Jerónimo el Alto el padre Damián se ve obligado a empuñar la muleta y hace una recordada aparición toreando, aunque no con traje de luces sino con alzacuellos y la sobriedad que un sacerdote requiere y es que, en el caso de Mario Moreno el hábito no hace al monje sino que él sabía dar realidad a todos los uniformes.

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