Lisboa es una ciudad donde todo ocurre en las ventanas. Los gatos buscan las ventanas, no los tejados; las palomas se posan en ellas como atraídas por los azulejos que identifican a esta, la capital de Portugal, y las vecinas de sus barrios se reúnen entorno a una anfitriona de la ventana y conversan hacia la calle mientras pasa el día y se seca la ropa a la vista.  Porque esta ciudad, situada en la desembocadura del río Tajo, es también uno de los pocos lugares del mundo donde un tendedero de ropa se ve hermoso y combina con sus fachadas color pastel. Es como si al colgarla escogieran cada color, cada prenda, de tal forma que se fundan con el tono de los edificios y las calles pequeñitas, donde la sensación de pasar por debajo de una sábana blanca recién lavada recuerda un juego de niños. Al olor de la pureza, diría un viajero chileno.
 

Viaje a través del tiempo en Lisboa 

 
Lisboa suena a  saudade, a nostalgia. Está por todas partes, en el fado, la música tradicional de Portugal, que una ciudadana brasileña define como ‘lloroso’; se siente en el 28, el tranvía que traquetea al atravesar algunas de sus calles y que es el recuerdo de lo que fue, y en la música de guitarras que tocan en los miradores que dan al río Tajo.Esta ciudad, con apenas 540 mil habitantes, puede verse desde lo alto, desde las siete colinas que obligan a detenerse en tejados ocres y rojos.  Para entrar en esa ciudad de flores y tendederos hay que subirse en la nostalgia. Y esta tiene nombre o, más bien, número: el 28.

 

Un tranvía que parece estar ahí desde hace un siglo y conocer cada piedra de las empinadas calles que recorre desde la plaza del Comercio, en dirección a la Alfama, el barrio del fado y el más antiguo de la ciudad.

El 28 puede ser también el termómetro de la historia lusa. Sube cerca de la Catedral de Lisboa y se detiene por el Castillo de San Jorge, fortalezas medievales que sobrevivieron al terremoto de 1755, que destruyó gran parte de la ciudad. Pasa por el monasterio de San Vicente de Forra y el Panteón Nacional (donde están sepultados los reyes de Portugal), que exhibe una hermosa arquitectura blanca tapizada de azulejos del siglo XVIII. Allí reposa la dinastía de los Braganza. Pero el 28 se detiene en el mejor lugar simplemente para estar contemplando el Tajo y adivinando, al fondo, el Atlántico: el Mirador de la Puerta del Sol.

Una plazoleta musical para ver caer la tarde, la mejor hora de Lisboa. Entre antigüedades Ya con los pies en las piedras de sus calles, por donde se mire, hay alguien yendo al pasado: esta vez en la Feira de Ladra, un mercado vintage. Discos de Gipsy Kings, de los 90, libros de Truman Capote leídos y releídos, fotos viejas que también tienen compradores y un reloj detenido en las 11:00 a.m. de cualquier día. 

Del otro lado de la colina, en el Chiado, uno se puede encontrar con otro pasado: el de Fernando Pessoa y el café A Brasileira, que frecuentaban el poeta, Ricardo Reis, Alberto Caeiro, Álvaro de Campos y Bernardo Soares, algunos de los heterónimos que lo hicieron famoso.

Después de tomarse un café con todos ellos, vale la pena descender y tener una vista de la Lisboa baja, la que mira a las colinas. Caminar por la Rua de Augusta, eje de la ciudad antigua, y extasiarse con la iluminación de la plaza de Pedro IV, más conocida como el Rossio, donde es usual ver fotógrafos queriendo captar el lugar.

Por supuesto, comerse un bacalao, el tradicional plato nacional, del que en el país aseguran que preparan de 36 formas diferentes. También, inevitablemente, terminar el día entre la iluminación de la plaza del Comercio, donde estuvo el Palacio Real y que desemboca en el Tajo, lo único que se mueve en la Lisboa donde no pasa el tiempo. (El Tiempo)

 Lisboa

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