En un célebre pasaje de El nombre de la rosa, un viejo monje invidente, tan siniestro como podían ser los villanos medievales, monta en cólera en la gran biblioteca de la abadía a su resguardo y sentencia: “el conocimiento es para preservarse”, con lo que desautoriza toda consulta de algunos autores remitidos, en aquel tiempo, al ostracismo de vetustos anaqueles a partir de sus también viejas regulaciones. Esta lucha por los contenidos deviene hoguera, porque al final de cuentas, como ha dicho Umberto Eco, el primer oficio de las abadías en ese tiempo, como de las catedrales, era quemarse.

A más de cinco siglos del fin del Medioevo, otra lucha, en medio de otra gran biblioteca, se libra. El Congreso de Estados Unidos decidió lanzar en sus dos frentes proyectos para regular internet con el pretexto de combatir la piratería y garantizar el derecho de autor. La comunidad internacional se levantó en armas, con la mejor arma del momento, el ciberespacio y las redes sociales, y en menos de una semana ha echado abajo la ofensiva del Capitolio, con la declinación de varios legisladores a mantener esas iniciativas de ley.

Hay quienes se espantan con el alcance, con el poder de internet. Algunos líderes de países y de grandes corporaciones recuerdan aquella reunión del club de los ricos en Seattle, a finales del siglo pasado, cuando los globalifóbicos o altermundistas diseñaron una estrategia de protesta por medio de correo electrónico y sorprendieron a los guardianes de tan selecta cita. Ese primer golpe debió alertarlos y al paso de los años se han animado a generar medios de contención. Todo mundo recuerda las revueltas del año pasado en el Magreb, donde se desencadenó una ola de lucha contra sus longevas tiranías estructurada a partir de Twitter y Facebook.

Quizá se espantan como el personaje de Borges en “El libro de arena”, volumen que debe su nombre a que ni el libro ni la arena tienen ni principio ni fin. El vendedor explica: “El número de páginas de este libro es exactamente infinito. Ninguna es la primera; ninguna, la última. No sé por qué están numeradas de ese modo arbitrario. Acaso para dar a entender que los términos de una serie infinita admiten cualquier número (…) Si el espacio es infinito estamos en cualquier punto del tiempo”.

Puede ser que el miedo de los modernos censores, herederos de la tradición medieval, tenga que ver con esta otra preocupación del personaje de Borges: “Comprendo que el libro era monstruoso (…) Sentí que era un objeto de pesadilla, una cosa obscena que infamaba y corrompía la realidad. Pensé en el fuego, pero temí que la combustión de un libro infinito fuera parejamente infinita y sofocara de humo al planeta”.

El caso es que el de la voz en el cuento de Borges recuerda haber leído que el mejor lugar para ocultar una hoja es un bosque, así que se dirigió a la Biblioteca Nacional y en un descuido de los empleados, perdió El libro de arena en uno de los húmedos anaqueles. “Siento un poco de alivio, pero no quiero ni pasar por la calle México”, exclama el atribulado propietario del volumen.

Borges no conoció el internet, pero es lo que más se parece a esa laberíntica obsesión suya, como lo fue La Enciclopedia. De vuelta con Eco, el novelista dice que toda clasificación del universo lleva a construir un laberinto o un jardín de sendas que se bifurcan, y se trata de una idea presente tanto en Leibniz como en el discurso de introducción enciclopédica de Diderot. Esos mundos paralelos son inasibles y están lejanos de la idea de servir sólo para ser preservados. Ahora funcionan con un sistema de interacción que los pone fuera de la mira de la regulación, empeño que parece acercarse más a un temor medieval a sus contenidos y usos que a una auténtica preocupación por el combate a crímenes.

El FBI quiso distinguir entre las leyes SOPA y PIPA y su operación contra un popular sitio de descargas. Más tardó en enterar a la opinión pública sobre los resultados de su acción, cuando el colectivo Anonymous ya había desclasificado el expediente personal del más alto mando de la Oficina Federal de Investigación, archivos que tan celosamente guarda la tradición de seguridad estadunidense. La red, como las abadías medievales, está que arde. (www.twitter.com/acvilleda)

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