YOANI SANCHEZ

La Habana.- Las recuerdo muy bieYoani Sánchezn, las fiestas infantiles que terminaban a codazos, entre la risa de quienes querían alcanzar un caramelo o un regalo. Las piñatas en forma de payaso, de barco o hechas a partir de algún personaje de dibujos animados, eran la parte más divertida de todo cumpleaños. Pero el tiempo ha pasado y lo que se está repartiendo ahora en nuestro país no son golosinas ni globos, sino propiedades. A la manera que lo hicieron una vez los sandinistas en Nicaragua o los jerarcas del PCUS en Rusia, los gobernantes cubanos están distribuyendo –a conveniencia– locales para rentar, autos, empresas, casas.

La publicación el jueves del decreto 292 –para la transmisión de la propiedad de vehículos de motor– ha sido la culminación de una espera de varias décadas. Durante demasiado tiempo obtener un auto ha sido una prebenda que pasa por la incondicionalidad ideológica. Ahora se han agregado unas pizcas de ese ingrediente llamado “mercado” a un mecanismo que estuvo normado por medio siglo. Sin embargo, incluso con esta nueva reforma legal, a la gran mayoría de los ciudadanos sólo les estará permitido adquirir un automóvil de uso, lo cual en Cuba quiere decir vehículos de más de quince años de explotación, especialmente Lada, Fiat polacos o Moskvitch, que antaño se comercializaban a través de la meritocracia. Algunos autos modernos que prestan servicio estatal serán vendidos a quienes cumplan los estrictos requisitos de pertenecer a una institución y demostrar su fidelidad al gobierno. Y los impecablemente nuevos, los recién importados, se destinarán a una élite revolucionaria que tenga en sus bolsillos un dinero santificado por los conductos oficiales. Conducir un lustroso Citroën o un Peugeot del último año, continuará siendo una señal de estar integrado al poder.

Otro detalle revelador de esta resolución es el énfasis dado en sus páginas al concepto de “salida definitiva” para quienes se radiquen en el extranjero. Si, tal como ha dicho el propio Raúl Castro, estamos abocados a una reforma migratoria ¿de qué calado será ésta que no incluirá la derogación de esta categoría tan oprobiosa? Los que se van no podrán tampoco vender sus autos antes de marcharse, apenas transferirlos a sus familiares más cercanos. La penalización a la emigración sigue, entonces, en pie. Pero lo más preocupante es la conformación ya visible de la piñata, del andamiaje de la repartición entre iguales, materializado en esos autos salidos del uso turístico o empresarial que serán comercializados a gente muy seleccionada. La existencia de tal mecanismo alimentará sin dudas la corrupción, el “socialismo” y pondrá en las manos de los simpatizantes del gobierno los hilos más gruesos para cuando sea necesario tirar al unísono de ellos. No me quedan dudas de que a esa fiesta, que ya han comenzado a preparar, no estaremos invitados todos los cubanos.

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