“Para cantarte a ti puse al arpa todas las cuerdas de oro/ Para cantarte a ti mi garganta recogió un ruiseñor/Para cantarte a ti le he pedido al poeta/que le ponga a mi verso toda mi inspiración/Y es que yo quiero tanto a mi Caracas que mientras viva no podré olvidar/Sus cerros, sus techos rojos, las flores de mil colores de Galipán…”


Caracas arriba a su 445 aniversario y debo admitir que escribo estas líneas con un dejo de nostalgia y con mucho sentimiento. Soy caraqueño, nacido y criado y llevo a esta ciudad en mis entrañas y en mi corazón.

Identifico junto a Caracas mis sueños,  que son mis vivencias como una especie de fotografía con el tiempo detenido.

En Caracas forjé mi vida,  nacieron mis tres hijas, me formé como profesional, por eso no puedo evitar recordar aquellas escenas de mi infancia en medio de una ciudad absolutamente humana y agradable.

Todo este tiempo vivido se ha registrado en mi memoria con sentimientos encontrados por la nostalgia y alegría bajo el recuerdo de aquellas noches correteando por  la Plaza Madariaga de El Paraíso,  los fines de semana  recorriendo el maravilloso paseo por Los Próceres o la excepcional visita al Ávila con la infaltable manzana acaramelada y ni hablar de las patinatas por el boulevard de Sabana Grande o los encuentros en la aún agradable Plaza Altamira.

Eran otros tiempos, se respiraban otros aires que poco a poco han ido guardándose en mi archivo de vida que en estos tiempos no es otra cosa que nostalgia.

Por eso hoy rememoro el vivo retrato de aquella Caracas que  se desbordaba en alegría por los desfiles de Carnaval en cada una de las carrozas que recorrían la ciudad,  siempre con el recordado  agente Apascacio como símbolo de la entonces respetable Policía Metropolitana, rodeado de reinas de bellezas y “negritas”  en la jocosidad propia de las fiestas carnestolendas y la picardía del caraqueño.

La Caracas que yo conocí no fue la de los techos rojos, pero me dio el privilegio de ver de cerca el Coche de Isidoro en El Prado de María donde pasé también pasé parte de mi infancia.

La Caracas que yo conocí admiraba al Morocho Hernández, a Susana Duijm, a César Girón, al maestro Billo a Héctor Cabrera.  Era una ciudad de buenas fiestas, de buen vestir y de buen vivir.

La Caracas que yo viví y que no quiero borrar de mi mente fue la de la televisión blanco y negro, la del show de Renny y los helados de la Crema Paraíso y de la Frappé, la de la Chicha A-1 y el refresco Green Sport,  la de la locha y el real y cuartillo, muy distante de la violencia galopante que nos consume y nos impide disfrutarla.

Hasta la vida política sufrió desfavorables transformaciones. Los de antes, eran líderes respetables,  tribunos e intelectuales que daban gran valor a  un Capitolio Federal imponente, un Panteón Nacional egregio, unas iglesias impecables y una Plaza Bolívar que era un honor y un privilegio visitar, en medio de las retretas y tertulias de hombres con pajilla, respetuosos, galantes  y juglares de historias citadinas.

Era una Caracas refinada, moderna urbe que crecía aún con sus brechas sociales, pero con respeto mutuo que le tocó resistir en medio de la celebración de su cuatricentenario un terremoto devastador que demostró  la grandeza de reivindicarse en medio de la adversidad.

Era la ciudad del Cooney Island, del Nuevo Circo, del Palacio de los Deportes, del Hipódromo de El Paraíso, de floridos jardines, de agradables caminerías. Era una ciudad de aire señorial con un encanto mágico que era disfrutada a plenitud por la familia.

Por eso mis sentimientos encontrados. Por un lado infinitamente agradecido por ser uno de sus hijos y por el otro absolutamente indignado por tanta indolencia gubernamental.

Pese a ello, allí está la ciudad, imponente, testigo de nuestro tiempo y de nuestras vivencias, pese a que no vive el mejor de sus momentos.

Con todo, mi Caracas aún tiene lo suyo, sigue siendo la sultana del Ávila, la que amanece día a día arropada por una extensa bruma de energía irradiada por el portentoso cerro que la adorna.

La que amanece vigilante y que rauda y veloz se transforma en convulsionada urbe cosmopolita para, al caer la noche,  recuperar su donaire envolvente.

Esa es la ciudad del presente con una historia que contar, donde los sueños se cruzan con la voluntad de un pueblo que madruga laboriosamente.

Podrán olvidarse de Caracas, pero siempre estará ahí a los píes del Ávila. Majestuosa y señorial como la verdadera sucursal del cielo, porque las ciudades, a diferencia de los hombres, nacen, crecen, se reproducen, pero jamás mueren. Ni en su presente ni en su pasado.

Razón tuvo el maestro Billo, un dominicano que fue el más caraqueño de todos al escribirle a la ciudad que tanto amó canciones de su extenso pentagrama.

“Para cantarte a ti puse al arpa todas las cuerdas de oro/ Para cantarte a ti mi garganta recogió un ruiseñor/Para cantarte a ti le he pedido al poeta que le ponga a mi verso toda mi inspiración/Y es que yo quiero tanto a mi Caracas que mientras viva no podré olvidar/Sus cerros, sus techos rojos, las flores de mil colores de Galipán…”

Dios bendiga a Caracas por siempre con el eterno agradecimiento de decirme caraqueño.

Lamentablemente, esta Caracas no la conocieron nuestros hijos. 

-Jairo Cuba-
@jaircuba

 

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