HispanidadLo hispano, nuestras raíces culturales, hay que celebrarlas por la sencilla razón de que el ser
humano no puede ni debe renunciar a su pasado, a sus esencias.

Esto no es un discurso político que tenga que ver con el patrioterismo, no, porque la patria no es lo que quedó atrás, sino todo aquello que tenemos dentro de nosotros mismos. Son nuestro valores aprendidos, experimentados, inculcados por nuestros padres, por nuestros abuelos, lo que nos ha dado una formación de ser lo que somos.

Nuestros valores humanos vividos en el pasado son, por ejemplo, lo que nos ha hecho venir y hasta llegar a este país, como tierra de promisión. Aun cuando se crea -y esto siempre pasa en los principios del migrante- que venimos de paso, porque venimos a Jauja, nos llenamos de riqueza y después regresamos. Esto es una constante en casi todos los migrantes; es algo psicológico normal. Lo que no es normal es que después de llevar años aquí y la vida nos esté yendo bien o, al menos, mejor que en el país natal, entonces sigamos pensando en ganar lo más que podamos y regresar para asentarnos de nuevo en nuestro lar de nacimiento y a partir de ahí vivir de una manera mejor a la que vivíamos antes.

No, si continuáramos pensando así, estaríamos viviendo una vida equivocada. Porque sería como regresar a un pasado que no ha cambiado, como reinventar nuestro pasado. Y eso, simplemente, es una ilusión.

Nosotros, los hispanos y todo emigrante, debemos celebrar la decisión que tuvimos de buscar
una vida mejor en este país (entiéndase también cualquier país) porque es un derecho universal
del hombre, de buscar la felicidad y el bienestar donde esté; o mejor, donde lo podamos hacer
por nosotros mismos. (

Manuel Gayol Mecias

Escritor

AOL Noticias

Nuestra patria y nuestros valores están en nuestros recuerdos, en nuestra nostalgia de los mejores momentos que tuvimos en el pasado. Por eso, donde quiera que vayamos, como migrante, la patria, el país y los valores culturales, van con uno. Sólo que hemos decidido hacer que nuestro background se rehaga de una manera más universal.

Cuando venimos con esta convicción -convicción que les sucede a todos, a unos más temprano
que a otros, pero a todos- entonces es que podemos convencernos de que nuestro primer logro
es habernos podido imbricar en esta sociedad con plena conciencia de que aportamos nuestras
cualidades a este país, nuestros valores, porque este país -Estados Unidos en este caso- es
diverso, y como diversidad nos da un espacio de vida que debemos aprovechar y retribuir.

Así pasa el tiempo, y nosotros aquí, los hispanos -como otras comunidades de migrantes-
vamos fomentando el comercio, vamos añadiendo costumbres, valores éticos, ejemplos de ser
trabajadores, de ser valientes incluso para luchar por esta nación. Aquí no podemos venir a
imponer nuestra bandera, sino a compartir nuestra bandera y a engrandecer la bandera que nos
acogió.

Quizás parezca que esté hablando de un país ideal, pero no, Estados unidos no es un país ideal,
pero sí, tal vez, es el menos malo de los mundos posibles. Porque aquí podemos luchar por los valores sociales, porque seamos capaces de demostrar que podemos conquistar el mundo haciéndonos parte del mundo para mejorarlo.

No estoy de acuerdo con eso, de que uno de nuestros mayores logros sea el habernos convertido en la comunidad más populosa de los Estados Unidos. Ello podría ser un logro menor, si lo miramos desde una perspectiva ética.

Nuestro mayor logro es el de que, más que cantidad, trajimos calidad de sentimientos; trajimos una bondad nueva y contagiosa; a pesar de lo que se piense cuando sale a relucir la intolerancia, tenemos, más que una disciplina, un deseo incontrolable por trabajar, por progresar y por hacer las cosas bien. Posiblemente nos falte un poco aún de educación, a la par del Primer Mundo, para darnos cuenta de que esto son sentimientos que tenemos bien adentro, pero que poco a poco los hemos venido desarrollando y los vamos a seguir desarrollando.

Nuestros logros también están en la enorme ampliación que le hemos dado a este país con nuestra música, nuestra cultura culinaria, nuestras potencialidades deportivas, con nuestro idioma, nuestro afán por ser parte de la vida política y social de este país.

Yo diría que lo que más nos define como hispano es nuestra propia diversidad. Somos
mexicanos, salvadoreños, cubanos, argentinos, dominicanos, peruanos, colombianos, todos
y cada uno de los países de Latinoamérica, añadiendo a España, y contando además la
parte española del Caribe.

Estamos en esta nación teniendo una convivencia de aportes, de multiculturalidad. Esto va contribuyendo a recrear constantemente una espiral que, aunque lentamente, va hacia adelante. Esta es la famosa transculturación de la que habló, estudió y definió el sabio Fernando Ortiz. Este país es multifacético en creencias religiosas, espirituales, históricas, y en fin, en una gama de formas y contenidos nuevos que no cesan para -a largo plazo- enriquecer cada ciudad en la que estemos asentados. Nos llenamos del nuevo acervo del mainstream, pero al mismo tiempo, por nuestras raíces culturales, damos paso a una visión nueva de la vida y nos vamos conformando como un ser diferente.

En contra de cualquier pronóstico sociológico pesimista, nuestra espiral hispana, o mejor:
de lo hispano, nos convierte -como también a muchas otras comunidades extranjeras- en el
futuro positivo de Estados Unidos… Claro, siempre que el anhelo por la educación, la ciencia, lo
empresarial y lo humanitario predomine en nosotros no sólo como individuo, sino además como
colectivo.

Es cierto que hay diferencia con respecto a nuestros países de origen. Lentamente, con el tiempo y al formar parte de la espiral que va hacia adelante (uno mismo, luego hijos, nietos…), sabemos que no somos iguales al que quedó atrás, o que el que era yo cuando estaba en mi país natal. Ahora se nos ha agrandado el horizonte. Hemos aprendido a ser más universales, más libres; nuestra visión es como la del mundo por delante y no la del pedazo de tierra que nos rodeaba en nuestro antiguo país.

Llegamos a sentirnos más que mexicanos, más que puertorriqueños, cubanos, brasileños, salvadoreños, etc. Nos sentimos más anchos pero nunca dejamos de ser hispanos,
porque eso late en la sangre de nuestras neuronas, con los recuerdos, sueños y las experiencias, al menos por unas cuantas generaciones más. Somos hispano-americanos, que no es lo mismo que decir estadounidenses. Y lo somos hasta unas primeras generaciones. Siempre llegará una tercera, cuarta o quinta generación en las que ya seremos estadounidenses, pero también seremos un nuevo tipo de estadounidense, un ser humano más abierto y multipensante.

Así la relación con el pasado es transitoria. Pero no quiero decir que se degrada, sino que se
traslada en la manera en que podamos ir superando nuestra nostalgia hacia una visión más
comprensiva, objetiva y humana de lo que fuimos y ahora somos

Primero el apego, los sueños de haber dejado lo que queríamos; después la conmiseración por
lo que quedó atrás, y en tercer lugar el convencimiento de que una parte nuestra quedó allá, por esos lares, pero que de nuevo la reencontramos aquí y la rehicimos, y que en el ayer quedó, pero que está aún ese país al que debemos ayudar, querer y respetar: como a nosotros mismos (Manuel Gayol Mecias /Escritor/AOL Noticias)

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