Parecía increíble que aquel casi imberbe chamo de escasos 26 años, quien llegaba por carambola a la presidencia de la Cámara de Diputados y al poco tiempo ya se estaba yendo, aventado por la Constituyente, estuviera tan claro en sus propósitos: “No me preocupa el tiempo. Tengo casi veinte años menos que Chávez. No quiero volver al Congreso, pero sí tengo muchos deseos y toda la vocación por el servicio público”. La frase suena hoy a premonición pero resultaba extemporánea en aquel lejano1999 ante un país rendido a los pies del Hugo Chávez.

El joven Capriles abogado de la Católica, con postgrados en Derecho Económico y Tributario, nadaba contra la corriente, hablaba de una tercera vía y se despojaba de ideologías: “creo en un país donde se apliquen soluciones concretas a los graves problemas. Y los problemas no sólo son políticos sino, sobre todo, económicos. Duelen en el estómago”. Prefiguraba así lo que sería el núcleo de su discurso para ganar unas elecciones primarias en el remoto e incierto febrero del 2012. Era el inicio de una carrera metódica, pero meteórica que, en trece años, lo pondría en el centro del escenario político.

Hijo de una familia de origen judío (su abuela polaca por parte de madre, prisionera en los campos de concentración nazis, es referencia esencial para él), pero de formación católica (“soy mariano,”suele pregonar) también advertía que “no vine a la política enriquecerme”.Enfilaba contra el centralismo y el culto a la personalidad que se vislumbraba en la Constituyente, pero también combatía la corrupción y estaba consciente de que “una gran parte del país ha estado marginada”.

Un año después y en un café de Las Mercedes acuerda, con un grupo de veinteañeros inconformes, irrumpir con voz propia en la revuelta escena política. Nace Primero Justicia bajo la consigna de una democracia realmente participativa y el crecimiento de un liderazgo joven, crítico y comprometido con otra forma de hacer política. Postura que se pone en práctica de inmediato pues varios de ellos incursionan en las elecciones regionales.

Capriles se lanza en Baruta y gana con holgura su segundo reto electoral dejando en evidencia una alta sintonía con el electorado. Como alcalde emprende, entre otras tareas, la de reducir los índices de criminalidad. Para su toma de posesión el municipio registraba casi cinco mil delitos anuales. Ocho años después, cuando entrega el despacho, la cifra se había reducido a 976.

Visto desde el poder como enemigo peligroso, en el 2004 es arrojado a los calabozos subterráneos de El Helicoide acusado de atentar contra la embajada de Cuba durante el golpe del 11 de abril. Pero el bautismo carcelario, lejos de amilanarlo, lo fortalece en sus convicciones y en entrevista clandestina, desde los lóbregos espacios de su prisión, clama: “Estoy convencido de que el poder más poderoso está detrás de esto. Saben que mis principios son inquebrantables. Aquí puede venir cualquier juez a pedirme dinero para darme la libertad y no se lo daría. Prefiero seguir preso”. Henrique Capriles
Perseverante hasta la tozudez, sale airoso del acoso judicial y en el 2008 se dispone a luchar, contra todo pronóstico, por la gobernación de Miranda. Ya no se trataba de un municipio clase media urbano de la capital, donde su pinta juvenil y desenfado eran acogidos con benevolencia y simpatía, sino de un estado abigarrado, densamente poblado y con un 70% de pobreza. Además de enfrentar al potencial delfín de Chávez, segunda figura del régimen, con todos los recursos a su disposición, debía conquistar a una población tan diversa y compleja como la geografía del estado y muchos dudaban sobre las dotes del burguesito a la hora de vérsela con una elusiva matrona barloventeña o un retrechero mototaxista de La Dolorita. Pero la conexión funcionó y aquel muchacho de jeans, con la franela por fuera, sudado, sonriente y receptivo, se entregó, con talante apostólico y terca perseverancia, a predicar su verdad.

Se encontró con un caos administrativo, corruptelas, la gobernación desmantelada y los males de la pobreza magnificados. Se dedicó, entonces, a lo básico: “Nuestra lucha no es por el poder sino por el progreso y por la unión de los mirandinos. Yo no llegué botando gente o clasificando a los trabajadores entre chavistas y no chavistas. Sí les damos recursos a consejos comunales rojos y ha funcionado porque vinimos a construir un proyecto social para todos por igual”.

La reacción no se hizo esperar. Le recortaron el presupuesto, le quitaron miles de millones de bolívares, de 19 hospitales, 250 ambulatorios, autopistas, carreteras. “Pero no nos quedamos de brazos cruzados y creamos una red de 50 ambulatorios partiendo de cero. Ahora atendemos más gente en La Casa de la Salud que en el hospital de Higuerote. No lucho solo por un aeropuerto. Mi objetivo es trabajar por la gente”.

Cuando se lanzó como precandidato el país lo acogió con naturalidad, aunque su discurso no gustaba en ciertos círculos: “El próximo presidente necesita a todos los sectores porque tendrá oposición, además necesaria”. Habrá dos candidatos, dos gestiones, debates. No le temo al contraste. Pero el objetivo es el futuro. Sobre eso se sustenta este proyecto, no en ser la antítesis de Chávez. Yo vine a cambiar la forma de hacer política. No voy a repartir cambures”.

Una vez más contra la corriente, el discurso caló con la fuerza de siempre. Para ello el joven de los jeans y la franela cuenta con un recurso al que poca atención se le ha prestado: “Tú me ves aquí, voy para cuarenta años, todavía no me he casado, ni tengo hijos y no porque no quiera. Simplemente he dedicado mi vida a esto. A servir. No lo hago como un sacrificio sino porque me da satisfacción aquí adentro. Eso es lo importante. Que lo sientas. Y yo, gracias a Dios, lo siento”. (Roberto Giusti/El Universal).

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