Sexo a los 40Berta habla pausadamente, tomándose un buen vino en una terraza del centro. Tiene un trabajo de responsabilidad y bien pagado que se ha ganado a pulso luchando en un mundo de hombres cuando la igualdad aún era un sueño lejano. Posee aspecto de no haber pasado aún la barrera de los cuarenta, algo que hizo, sin embargo, cinco años atrás. En cuanto a su sexualidad, lo tiene claro: Para ella el gran cambio de su generación es, curiosamente, que nada ha cambiado. “Todo sigue igual porque los cuarenta de ahora son como los treinta de antes”, afirma.

La revolución, según ella, consiste en que esa complicada época que antes era el tránsito de objeto de deseo a matrona invisible ahora no es más que una llanura donde “el deseo permanece” y donde tal permanencia “no tiene por qué ocultarse”. Berta está soltera aunque ha mantenido varias relaciones largas, alguna de las cuales “casi” equipara a un matrimonio, y acaba de tener una hija que es, a día de hoy, el centro de su vida.

Marina se sienta al otro lado de la mesa. Al igual que Berta lleva desde los veintipocos –más de dos décadas- sobreviviendo en un entorno de trabajo híper exigente, aunque de cariz más creativo, y también permanece soltera, sin hijos. Coincide en lo expuesto, aunque con matices: Ella considera que el cambio se debe a que “somos una generación puente, y creo que con elementos muy favorables. No tenemos la represión de nuestras madres ni la absoluta libertad de nuestras hijas. Hay un cierto tabú, no exagerado, que hace que el sexo sea algo que se cuida, a lo que se le da importancia”. Y es que ella no cree que una liberación total sea lo óptimo, y aboga por mantener determinados obstáculos, aunque sea como juego e incentivo: “Creo que cuando algo tiene un cierto punto de ‘prohibido’ tiene más morbo y hace que se disfrute más”.

“En rasgos generales”, afirma el sexólogo y director del master de Sexología de la  UCJC Carlos De La Cruz, “los 40 de ahora no son como pensábamos que eran los de hace 20, 30 o 40 años. El terreno de juego de la sexualidad se ha extendido a una franja mucho mayor y los cuarenta son más visibles. Que la gente de esa edad sea deseable y tenga deseos es algo aceptado, aunque eso no significa que en otras épocas no los tuviesen”. Permanencia, visibilidad y aceptación. Esos parecen ser los tres vértices del triángulo del sexo en los cuarenta.

Eso sí, el disfrute del sexo sí cambia, y a mejor. Marina piensa que “las mujeres a partir de los 40 mejoramos sexualmente. Por una parte, es una edad en la que los complejos que se pueden tener a los 20 se han evadido, una tiene más seguridad en si misma. Por otra, normalmente a esa edad ya se ha tenido una relación larga en alguna etapa de la vida y eso hace que una explore mejor su sexualidad, se puede experimentar con más libertad que en relaciones esporádicas porque la confianza ayuda a desinhibirse”.

En el punto de la desinhibición está de acuerdo Berta, aunque no oculta que echa de menos que su adolescencia hubiese podido ser como una de ahora. “Los chavales de ahora tienen más relaciones y las tienen antes, disponen de más información y lo ven como algo más natural. Eso está bien, no creo que nadie en sus cabales lo pueda dudar”.

En su nueva posición de “cuarentonas” activas, ellas mismas aprecian una serie de cambios con respecto a otras épocas. Uno de ellos es, sin duda, el cuidado de una misma. “Mira”, dice Berta, “yo tengo amigas de casi sesenta años de las que se puede decir perfectamente que son mujeres muy sexys. Eso, de por sí, refleja una actitud ante el sexo”. Marina añade que “eso podría parecer una esclavitud y a veces lo es, pero a menudo es simplemente canalizar una preocupación que ya existía para bien. Se trata de cuidarse, no de machacarse. Yo no he pisado un gimnasio en mi vida. Hay muchas maneras de cuidarse y no creo que esa sea la mejor…”.

El ajuste erótico

Otro de los cambios se centra en lo que se pide y el juicio que se realiza sobre sus “partenaires”. “La valoración de los hombres varía”, dice Berta. “Aunque parezca tópico, aprecias más cosas que antes no apreciabas en el otro, realizas una valoración de la persona en su conjunto, no tan cegada por lo físico. También es realidad que, haciendo esto, la cantidad de gente que te puede interesar se reduce.

Estamos muy dedicados a nuestra vida como para estar todo el día pensando en ligar, y la mayor parte de la gente no te interesa”. Un primer obstáculo. El segundo es el nivel de exigencia puramente sexual en una época en que la cantidad importa bastante poco y la calidad lo es todo.

“Hay muchos tíos con los que antes te hubieses acostado y con los que ahora no lo harías jamás, porque tampoco son gente que te guste de verdad, sexualmente hablando, así que no pierdes el tiempo”. Es lo que Carlos de la Cruz llama “ajuste erótico”, y plantea como uno de los (pocos y leves) problemas de la sexualidad en los cuarenta. Se pide más, mejor, más concreto. Y no todo el mundo está ya para darlo. El encontrar una pareja que “encaje” perfectamente puede ser más laborioso.

“Cada vez es todo más rápido”, sigue Berta, “en todo, no solo en las relaciones. Si te metes, te metes a fondo, y si pasas, pasas rápidamente. No tienes tiempo que perder, aunque eso suene un poco mal, y tienes menos miedos… En todo caso, gente interesante y libre hay poquísima, y desde luego los sitios donde se liga principalmente ya no son los bares”.

¿Dónde se liga, entonces, cuando ya se han pasado los cuarenta? La lista parece ser la siguiente: redes sociales, los locales específicos (“no necesariamente cutres, ¿eh?”), los entornos (amigos, amigos de amigos trabajo, etc), y sobre todo con “gente que ya conoces”, ese ambiguo cajón de sastre por el que es mejor no preguntar.

Unas horas después Juan, informático de 48 años, lo resumirá así mientras se bebe un whisky en la barra de uno de esos “bares donde ya no se liga”: “Hombre, creo que las de mi edad piden más pero también dan más. Si no ofreces lo que demandan te mandan a paseo, pero si lo ofreces puedes estar seguro de que lo apreciarán. Y ese ‘más’ tampoco se refiere a que seas Tarzán, ¿eh?, que si no… Y se bebe un whisky de un trago, con una sonrisa escéptica.

Pero quizá el mayor tabú y la frontera más compleja a priori sea la que conforman la línea matrimonio-hijos-aburrimiento.

Marina apunta en esa dirección cuando afirma que “El único inconveniente a esa edad pueden ser los hijos. Cuando una es madre se convierte más en madre que en pareja y eso es un peligro, aunque suele suceder cuando son pequeños y a esa edad lo niños ya pueden rondar normalmente los 8 años y ya no hay esa sensación tan fuerte. Pero sí, la maternidad puede durante un tiempo tapar la sexualidad, incluso para la pareja que nos ve más como madres que como pareja sexual”. Coincide ahí con De La Cruz, que afirma que “lo que sucede con muchas mujeres de cuarenta y tantos que han tenido hijos y ya los han criado es que comienzan a recuperar el rol de mujer-compañera-amante, sin dejar de ser madres, claro”.

En cuanto a otros tabús colindantes, Berta los desestima con autoridad: “Durante el embarazo”, cuenta “el sexo me apetecía más de lo habitual, y después no he notado ningún cambio, de hecho tengo amigas que han tenido embarazos complicados y que después estaban deseando poder recuperarse para volver a tener relaciones sexuales”.

Queda, cómo no, el matrimonio. Ambas confirman que sus amigos casados tienden a estar “más apalancados” que los solteros. Y ahí interviene una tercera amiga, Lía, que se ha unido al ‘pack’ y aporta su granito de arena. Dice que dejó de apetecerle acostarse con su marido hace años, pero afirma que “era por él, no por el sexo”. Y cuenta como terminó liada con su abogado y el sexo volvió a ser perfectamente libre (y salvaje). “Era aburrimiento, porque me casé joven, tuve hijos, y la cosa se enfrió. Creo que en la mayor parte de los casos es por eso. Pero la gente ya no se casa tan joven como yo (23)”.

Matrimonio y dinero versus deseo

La visión de Marina es contemporizadora en todo esto. “Si se lleva en una misma relación durante muchos años, lógicamente ahí entra el hastío”, comenta, “pero si nos referimos a la sexualidad propiamente dicha, es mucho más satisfactoria. E incluso ese temor al hastío hace que una, para salvarlo, explore tipos de sexualidad que quizá no hubiera intentado de otra forma”.

Antes de levantar el campamento, Berta hace un último apunte: “Todo esto cambia según el tipo de vida y por tanto según el corte social. Si curras todo el día y luego la casa y tienes siete hijos puede que no te apetezca el sexo, claro… ni el sexo ni nada. El dinero influye y al deseo le afecta el entorno”.

El sexólogo de La Cruz no afirma que exista una influencia socioeconómica tan directa, pero sí que “es indudable es que cuanto más tenga o recupere la mujer las riendas de su vida mejor será su sexualidad, aunque  esas riendas no hayan de entenderse estrictamente de manera económica”. Y luego advierte “No todas las mujeres son como las de sexo en NY”. ¿Existe una presión a ese respecto? Para él, cualquiera que haya, será mala: “la exigencia siempre va mal con la palabra deseo. La puerta de entrada es el deseo, y si se empiezan a imponer obligaciones, mal”.

Berta, Marina y Lía, por su parte, se dispersan con eso bastante clarito en la mente.

Y yo me voy a ver a mi amigo el del bar. A ver si allí damos la talla. (El Confidencial)

 

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