El día que estaba llenando su solicitud para entrar a la universidad, en la primavera del 2015, Enrique Sepúlveda se encontró en una encrucijada al tratar de responder sobre su dirección.

Para muchos es una respuesta sencilla. Para Sepúlveda, que entonces tenía 19 años, representaba la situación más complicada de su vida. ¿Debía escribir la de la casa de su novia, la de su antiguo hogar, o la de la vivienda abandonada donde ahora se estaba quedando?

Desde hacía casi dos años, vivía ilegalmente en una casa de un barrio de Miami que estaba en ejecución hipotecaria, luego de que su madre los botara a él y a su hermana a la calle. Sepúlveda decidió arriesgarse y escribir la dirección de la casa abandonada.

El sábado, 29 de abril del 2017, luego de dos años de estudios en el recinto Wolfson de MDC, Sepúlveda, que hasta hace unas semanas vivía en el refugio Camillus House, se graduó con un diploma de Asociado en Artes, con especialización en Ciencias Políticas. Y eso es apenas parte de lo que ha logrado.

Hoy piensa que entrar a Miami-Dade College (MDC) ha sido la mejor decisión de su vida.

Sepúlveda fue electo vicepresidente del gobierno estudiantil del recinto Wolfson el pasado marzo, y obtuvo una beca para estudiar en Indonesia este verano. Ahora planea transferirse a una universidad estatal (probablemente Florida State University) para obtener su licenciatura. Después quiere estudiar una maestría en administración pública o ingresar al ejército.

“He tenido que superar muchos obstáculos”, contó Sepúlveda, de 22 años y nativo de Miami. “Pero la gente necesita saber que mi historia no es única, hay muchos en la misma situación que yo”.

Entre el 2011 y el 2017, más de 770 estudiantes que califican como desamparados se han inscrito en Miami-Dade College. Esa cifra incluye personas que duermen a la intemperie, los que viven en albergues, pasan las noches en el sofá de la casa de un amigo o familiar (couchsurfing), o pasan las noches en sus vehículos.

A nivel nacional, más de 56,000 estudiantes universitarios que presentaron la solicitud de ayuda financiera federal (FAFSA) en el 2014 declararon ser desamparados, según un reporte del Washington Post. De acuerdo con un estudio nacional publicado en marzo por el Wisconsin Hope Lab, el 14 por ciento de los estudiantes de colegios universitarios comunitarios (community colleges) son desamparados. El estudio en el que participaron 33,000 estudiantes de 70 universidades, reveló que un tercio no tiene la comida diaria asegurada.

Sin embargo, representantes de organizaciones nacionales que ayudan a los jóvenes sin hogar calculan que podría haber más. Muchos no buscan ayuda por vergüenza debido al estigma asociado con ser desamparado o porque desconocen de los recursos disponibles.

Por ejemplo, en Florida existe una exención en el pago de la matrícula universitaria para estudiantes que puedan mostrar evidencia de que son desamparados. También bajo los reglamentos federales, los estudiantes sin vivienda estable podrían calificar para recibir un descuento en sus matrículas.

Sepúlveda, quien ahora vive con su novia, dijo que al principio se avergonzaba de contar su historia y que conoce a otros jóvenes que se sienten igual.

“Definitivamente hay vergüenza asociada con ser desamparado”, dijo. “Yo he conocido mucha gente a quienes echan de su casa simplemente por ser quienes son, muchachos que son gay o lesbianas y sus padres no los quieren”.

Otros terminaron en la calle luego de que sus padres murieran, o porque sus familiares tienen problemas, como abuso de drogas, y viven en un ambiente conflictivo, contó Sepúlveda, quien vivió en el albergue por 7 meses, con otros 11 jóvenes de entre 16 y 24 años.

“El proyecto es relativamente nuevo, se inició en octubre y la meta es ayudar a nuestros jóvenes a ser financieramente independientes”, explicó Katherine Martínez, directora de vivienda de Camillus House. “La mayoría se quedó sin hogar por asuntos relacionados con su identificación de género. Sus familias no entienden. Muchos han sufrido abuso físico y emocional”.

Lea la noticia completa en El Nuevo Herald

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