emails**Recibimos miles de mensajes en múltiples casillas y la avalancha resulta casi inmanejable
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En un pasado no muy distante, el pegadizo sonido de AOL que acompañaba la frase ¡Tienes un email! solía llenarme de alegría y entusiasmo. Corría hasta la computadora para chequear mi casilla, llena de expectativa por el nuevo mensaje. Esos días han quedado atrás. Ahora, cuando chequeo mis diferentes cuentas de correo electrónico, lo que siento mayormente es pavor.

Una mañana de la semana pasada, me senté frente a la máquina y me quedé mirando mi casilla de Gmail. Me esperaban 40.000 mensajes sin leer. (La enorme cifra se debe a mi vida de periodista y a que tengo cinco cuentas, entre personales y profesionales.)

Con inusual vigor ataqué la montaña de correo que me esperaba y mandé masivamente a basura todos los newsletters a los que estoy suscripta y las notificaciones de redes sociales.

Redacté un par de breves emails para confirmar unas reuniones, envié confirmaciones de asistencia vencidas hace mucho y les contesté a algunos amigos que me enviaban cariñosos mensajes con saludos. Tardé una hora en ocuparme de unos 100 emails.

Satisfecha y sintiendo que había aprovechado la mañana, salí a almorzar. Pero cuando regresé a mi escritorio una hora después era como si nunca hubiera borrado nada. Había decenas de mensajes nuevos. Mi frustración fue tal que cerré mi casilla de mails y no quise saber más nada durante el resto del día.

Pero esto no siempre fue así. Hubo un tiempo en que el correo electrónico era un excelente medio de comunicación, menos intrusivo que el teléfono y más veloz que el correo postal. Actualmente, incluso cuando cumple la función para la que fue pensado, se convierte en una pesadilla virtual, y a veces, en una pesadilla muy real. De hecho he tenido muchos sueños angustiantes en los que perdía importantes avisos que me enviaba mi jefe. ¿En qué momento se pudrió todo?

En parte se debe a que el formato del email se anquilosó, mientras que el resto de las comunicaciones y redes sociales que surgieron más tarde está a años luz de distancia, dice Susan Etlinger, analista del Grupo Altímetro (Altimeter Group), que se dedica a estudiar el modo en que la gente utiliza e interactúa con la tecnología e Internet.

El email tiene como base una línea temporal, sin tomar demasiado en cuenta el contexto y los temas. “Se ha convertido en otra línea de tiempo o fuente de alimentación: llega, pasa, y después se acabó. El actual modelo de email resulta obsoleto.”

Etlinger también asegura que aunque la mayoría de los servicios de email hacen esfuerzos por bloquear el correo basura o engañoso que bombardea a la gente, apenas han logrado enfrentar el problema del correo basura de origen social: una plaga de mails innecesarios e indeseados que incluye las notificaciones de las redes sociales como LinkedIn, Twitter y Tumblr.

“El problema del spam prácticamente ha sido solucionado, al menos en términos de lo que legítimamente se considera spam -dice Etlinger-. Lo que es aterrador es el correo indeseado.”

La frustración alcanza a todo el mundo y no parece probable que se solucione en lo inmediato, en especial ahora que el servicio de correo postal está planeando reducir el servicio de entrega los sábados. Nuestra dependencia del email aumenta más y más.

De hecho, Pingdom, un sitio Web dedicado a monitorear el uso de Internet, informó en enero que en el mundo existen 2200 millones de usuarios de correo electrónico, y que el volumen de emails mundial alcanzó los 144.000 millones de mensajes por día.

Pero ya están surgiendo algunas respuestas preliminares a esta encrucijada cibernética.

Google ya tiene su apuesta de solución con Priority Box, una herramienta que intenta identificar automáticamente los mensajes más urgentes. Y Apple recientemente ha lanzado VIP, una herramienta que envía una notificación cuando el usuario recibe un email de un remitente previamente marcado como importante. Son herramientas que ayudan, pero que no bastan.

Incluso utilizando ambos sistemas, me veo obligada a controlar mi casilla de entrada durante todo el día, y a ir anotando en papel los mensajes que debo contestar por la noche antes de irme a dormir. Además de ser un arcaísmo, rara vez logro contestarle a todo el mundo antes de que termine el día.

Por supuesto que existe un régimen minimalista para limpiar diariamente la casilla de entrada -también conocido como Inbox Zero-, pero requiere un nivel de atención y mantenimiento constante que está más allá del límite de mis tiempos y de mi paciencia.

Incluso consideré declararme en quiebra de mail -cerrar mi cuenta y abrir una nueva- hasta que me enteré de una nueva opción en la guerra del correo electrónico, una aplicación iOS llamada Mailbox, que promete cambiar el modo en que administramos nuestro correo electrónico.

En cierto sentido, Mailbox recupera el viejo sistema de clasificar el correo tradicional -en papel-, vale decir, ordenarlo no bien uno lo recibe. Uno lee primero las cartas más urgentes, desecha el correo basura y separa las que pueden esperar. Esta aplicación hace más o menos lo mismo, al permitir que el usuario divida su casilla de entrada en tres columnas bien definidas, a través de una interfaz mucho más amable y clara que las de las cuentas básicas disponibles para los usuarios de teléfonos iPhone y Android.

Esta aplicación, que recién empezó a admitir usuarios el jueves, no es tampoco la solución perfecta. No tiene un mecanismo de identificación de los mensajes urgentes, y los usuarios deben recorrer su casilla de arriba hacia abajo para clasificar los mensajes, y por lo tanto es difícil no perder el paso.

El email tradicional sólo es una parte de la masa de comunicaciones electrónicas que nos demandan una constante atención. Muchos de nosotros enfrentamos actualmente una creciente multitud de casillas de entrada: Twitter, Facebook, SMS, Skype, LinkedIn y Whatsapp.

Joshua Lyman, un consultor tecnológico y bloguero que obtuvo recientemente un máster en sistemas de información de la Universidad Brigham Young, dice que el principal problema con los emails es de carácter social y cultural. Para Lyman hay que establecer normas de etiqueta específicas para el correo electrónico, así como las normas de etiqueta para el uso del teléfono fue evolucionando hasta llegar al entendimiento generalizado de no llamar demasiado tarde a la noche o durante la hora de la cena.

“El problema no es la cantidad de mails -dice Lyman-, sino esos mails que exigen que uno se detenga a pensar, busque el archivo correspondiente y redacte un mail acorde como respuesta. Los humanos tenemos una capacidad de procesamiento de información determinada, y si se excede esa capacidad nos sobrecargamos.”

Según Lyman, esa sobrecarga es un rayo de esperanza y que el problema tiene solución; simplemente hay que tomar el toro por las astas. Por ejemplo podríamos intentar que nuestros mails de trabajo sean breves, tomando como modelo de inspiración los 140 caracteres de Twitter. Y también podríamos encontrar nuevas formas de colaboración, para que organizar una salida o un almuerzo no implique un intercambio de 10 mensajes. “Durante los últimos 20 años, le hemos enseñado a la gente a usar Internet -dice Lyman-. Ahora es tiempo de descifrar el modo de interactuar por email para que no se convierta en un problema omnipresente.”

La psicología de la bandeja de entrada

Para algunos es motivo de estrés; otros la revisan cada 15 días

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    Adicto
    Chequea cada mail que llega, incluso cuando viaja en subte, y responde todo, hasta cuando está de vacaciones

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    Foto: Max Aguirre

    Dependiente
    Sabe que lo estresa, pero por razones laborales o personales mira el mail cada 10 minutos y responde todo

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    Foto: Max Aguirre

    Adaptado
    Lleva su mail también en el smartphone y la tablet por razones de comodidad, pero el finde los apaga

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    Indiferente
    Mira el mail cada 2 semanas, borra todo, no contesta nada y a veces se pregunta para qué tiene esa dichosa cuenta (Jenna Worhtam  | The New York Times)

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