Abel IbarraEl ciudadano Caín es una versión parroquiana, tropical y menguante de “El ciudadano Kane”. Orson Wells escribió el guión, dirigió la película y encarnó la parábola perversa de William Randolph Hearst, el editor que tiñó su búsqueda frenética de poder y dinero con la tinta del chantaje y la extorsión. Para el ciudadano Caín bastan unas pocas líneas porque su labor de zapa periodística y sus arrestos de fablistán pendenciero con un semanario en Miami, no alcanzan, ni por asomo, las dimensiones del imperio comunicacional creado por Kane, por una sencilla razón, el Caín que nos atañe no tiene el talento del original a pesar de que se le iguala en su falta de escrúpulos.

Vamos a la diferencia de fenotipos y estilos. Kane es alto, galán, cabello engominado a lo Clark Gable, flor de sonrisa que derrite féminas, fino de maneras, traje de lino a la medida con pantalón plisado, corbata anudada a la italiana con una sola vuelta, zapatos Florsheim de textura y porte de señor que lo ayuda a resbalar atropellos con la vaselina de su simpatía. Aun en el desenfado con que embauca a sus adversarios tiene un garbo especial, es un Voleur charmant, es decir, birla con encanto y se da a la fuga con pasos de bailarín de tap dance. Detrás del portento, aguarda agazapado un gángsters insaciable.

El ciudadano Caín es bajito, retaco, diría un venezolano de pura cepa. Pondrón lo llamaría el aficionado al boxeo por su imagen decadente de pugilista punch drunk. Sonrisa de cemento, tosco en el trato, flux de tejido sintético, camisa de poliéster, trapo de cocina impostando la corbata y, aunque calce zapatos, pareciera hecho para las chancletas. Su figura exenta del mínimo atractivo lo obliga a desenfundar la chequera mal habida para obligar el favor de mujeres en situación menesterosa. Caín destila acusaciones en su semanario contra a fin de extorsionar gente con afán mezquino sin ocultar y sin ocultar su facha de mafioso.

El ciudadano Caín supera la maldad y vesanía de su modelo. (Perdón míster Kane). Es que a veces las reproducciones se salen de madre y andan asombrando las calles inocentes con sus acciones de baja ralea. El ciudadano Caín no tiene amigos, sólo aliados de ocasión que le sirven a su único interés de atesorar y ellos se prestan a las escaramuzas y emboscadas por la promesa vana de un pago que nunca llega. Dos de ellos comentaban en estos días que el ciudadano Caín no se muere para no tener que pagarle al sepulturero. Ya llegará el momento de ajustarle las cuentas y, desde la tumba, dirán: “los muertos que vos matasteis gozan de buena salud”.

El ciudadano Caín se da con las espuelas de su incordio disparándole a todo lo que se mueva hacia el sitio de la bondad. Los venezolanos andan peleando por derrotar el latrocinio que hace miga de todo lo que fue valor en su país y Caín agarra la quijada de burro bíblica para pegarles. Nada le importa, sólo llamar la atención sobre su cuerpo rechoncho, como si las cámaras de televisión le pudieran enmendar su vacío de importancia nula. Lo peor de todo es que sufre de insolvencia idiomática, no sabe hablar, sus palabras son balbuceos como los del primer Caín que no pudo explicarle a Dios porqué mató a su hermano.

El primer Caín revive de vez en cuando entre los mortales reencarnado en “The citizen Kane” de Orson Wells, o, en este sub ciudadano Caín, cuya egolatría no le cabe en la palma de la mano con que extorsiona. Propongo un nombre para este engendro, Caín de la Hoz, porque siega todo lo que toca.

 

 

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