Richard N. Haass

Hace una década 19 terroristas tomaron el control de cuatro aviones, dirigieron dos hacia las torres gemelas del World Trade Center, hicieron chocar un tercero contra el Pentágono y un cuarto cayó sobre un campo en Pennsylvania después de que los pasajeros se resistieran e impidieran que los terroristas completaran su malévola misión. En cuestión de horas, más de 3,000 personas inocentes, en su mayoría estadounidenses, pero también personas de otros 115 países, fueron asesinadas repentina y violentamente.

El 11 de septiembre 2001 fue una tragedia terrible en todo sentido, pero no fue un punto de inflexión histórica. No anunció una nueva era de las relaciones internacionales en que prevalecieran los terroristas con una agenda global, ni en que espectaculares ataques terroristas se convirtieran en lugar común. Por el contrario, no se ha repetido un 9/11. A pesar de la atención dedicada a la “Guerra Global contra el Terrorismo”, los avances más importantes de los últimos diez años han sido la introducción y difusión de tecnologías de información innovadoras, la globalización, las guerras en Irak y AfRichard N. Haasganistán, y la agitación política en el Medio Oriente .

En cuanto al futuro, es mucho más probable que esté definido por la necesidad de Estados Unidos de poner orden a su economía, la trayectoria de China dentro y fuera de sus fronteras, y la capacidad de los gobiernos del mundo para cooperar en el restablecimiento del crecimiento económico, poner coto a la proliferación de armas nucleares y hacer frente a retos energéticos y ambientales.

Es y sería un error hacer de la lucha contra el terrorismo la pieza central de lo que llevan a cabo los gobiernos responsables del mundo. Los terroristas siguen siendo elementos marginales con un atractivo limitado en el mejor de los casos. Pueden destruir, pero no crear. Vale la pena señalar que quienes que salieron a las calles de El Cairo y Damasco llamando a un cambio no gritaban las consignas de Al Qaeda ni apoyaban sus planteamientos.

Más aún, se han tomado medidas para hacer retroceder con éxito a los terroristas. Los recursos de inteligencia se han redireccionado. Las fronteras se han hecho más seguras y las sociedades, más resistentes. La cooperación internacional se ha incrementado notablemente, en parte porque los gobiernos que no están de acuerdo en muchos otros temas pueden entenderse sobre la necesidad de cooperar en esta área.

La fuerza militar ha jugado un papel importante. Al Qaeda perdió su base en Afganistán cuando el gobierno de los talibanes que le había proporcionado refugio fue expulsado del poder. Por fin, Osama bin Laden fue encontrado y eliminado por las Fuerzas Especiales de EEUU en las afueras de Islamabad. Los aviones no tripulados y dirigidos a distancia han demostrado ser eficaces para la eliminación de una importante cantidad de terroristas, entre ellos muchos de los líderes más importantes. Los gobiernos débiles se pueden fortalecer; los gobiernos que toleran o apoyan el terrorismo deben rendir cuentas.

Sin embargo, no debemos confundir los avances con una victoria. No es posible eliminar a los terroristas y al terrorismo más de lo que podemos librar al mundo de las enfermedades. Siempre habrá quienes recurran a la fuerza en contra de hombres, mujeres y niños inocentes en la búsqueda de objetivos políticos.

De hecho, los terroristas están avanzando en algunas áreas. Pakistán sigue siendo un lugar de refugio para Al Qaeda y algunos de los terroristas más peligrosos del mundo. Una mezcla de inestabilidad, debilidad del gobierno e ideología en países como Yemen, Libia, Somalia y Nigeria, está proporcionando territorio fértil para que los terroristas puedan organizar, entrenar, y montar operaciones, de modo muy similar a como lo hicieron en Afganistán hace una década. Constantemente surgen nuevos grupos de las ruinas de los antiguos.

También existe el un creciente peligro del terrorismo interno. Lo hemos visto en Gran Bretaña y EEUU. Internet, uno de los grandes inventos del mundo moderno occidental, ha demostrado ser un arma que puede ser usada para incitar y capacitar a aquellos que desean causar daño en él.

La cuestión planteada en octubre de 2003 por el entonces Secretario de Defensa Donald Rumsfeld no es menos relevante hoy: “¿Estamos capturando, eliminando o disuadiendo más terroristas cada día que los que reclutan, entrenan y despliegan contra nosotros los clérigos radicales en las madrasas?”

En igualdad de condiciones, es probable que así sea. Pero incluso los éxitos terroristas más pequeños son costosos en términos de vidas y dinero, y hace que las sociedades abiertas lo sean menos.

¿Qué se debe hacer? Por desgracia, no existe una receta única o mágica. El establecimiento de un Estado palestino no será suficiente para los terroristas que buscan la eliminación del estado judío, del mismo modo como alcanzar un acuerdo sobre Cachemira no resultará satisfactorio para los terroristas con base en Pakistán que tienen planes más ambiciosos con respecto a la India. La reducción del desempleo es deseable, por supuesto, pero muchos terroristas no provienen de la pobreza. Ayudar a hacer más democráticas las sociedades de Oriente Medio y otras regiones podría reducir la alienación conducente al radicalismo, pero esto es más fácil de decir que de hacer.

Por supuesto, queremos seguir buscando maneras de hacernos menos vulnerables, y los terroristas más todavía. Pero, ¿qué puede ser más importante, particularmente en las comunidades árabes e islámicas, que poner fin a la aceptación del terrorismo? El padre nigeriano que advirtió a la embajada de EEUU en Lagos que temía lo que su hijo pudiera hacer —antes de que el mismo joven intentara detonar una bomba a bordo de un vuelo con destino a Detroit el día de Navidad de 2009— es un ejemplo de precisamente esto.

Sólo cuando más padres, maestros y líderes comunitarios se comporten del mismo modo se agotará el reclutamiento de terroristas y las autoridades policiales recibirán plena cooperación de las poblaciones a las que protegen. Para perder su potencia, el terrorismo debe perder su legitimidad entre aquellos que históricamente lo han apoyado o tolerado

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