Los viejos tabúes contra el egoísmo nacen de una baja autoestima, de una noción degradada y errónea sobre la naturaleza del yo humano. Siempre ha habido una batalla entre ortodoxia y misticismo. El ortodoxo nos aconseja que olvidemos el yo, que obedezcamos las leyes, que ejecutemos los rituales. Nos mantengamos dentro de los roles sociales tradicionales. Los místicos proclaman que el conocimiento de sí mismo es la senda que conduce a la liberación. “Dios dentro”, nos dicen. “Más dentro es más fuera. El reino de Dios está en nosotros, la eternidad está en cada grano de arena.”

Por primera vez desde hace un siglo ciencia y religión se asocian en una aventura de descubrimiento cósmico. El misticismo y la física señalan una causa común. La investigación del cerebro confirma las visiones más extrañas del misticismo perenne. Parece que la evidencia y la experiencia mística sostienen la persona es un microcosmos del macrocosmos. Consideremos la enormidad del yo que contiene y ama cada uno de nosotros.

La mente es un holograma que registra toda la sinfonía de acontecimientos vibratorios cósmicos. Karl Pribram, Itzhak Bentov y otros están descubriendo que la mente es una red neural que codifica de una manera holográfica toda la información del universo. Explota una estrella y la mente tiembla. Lo mismo que cualquier célula del cuerpo codifica la información necesaria para reproducir el cuerpo entero, cualquier mente recapitula asimismo todos los acontecimientos cósmicos. Lo que llamamos ESP y experiencia paranormal cabe que no sean más que nuestra inmersión en las dimensiones atemporales que constituyen la estructura holográfica de nuestras mentes. La ciencia y el misticismo señalan que el yo puede ser ubicuo. La mente no conoce barreras. En el centro mismo del yo, los acontecimientos “eternos“, los acontecimientos vibratorios de la dimensión atómica y astronómica, resuenan dentro de nuestras mentes temporales. Como dijo Platón, “el tiempo es la imagen móvil de la eternidad”.

El cuerpo es un museo vivo de historia natural en donde se recapitula todo el drama de la evolución. Los estudios sobre el desarrollo del feto muestran que, desde su concepción hasta su

Nacimiento, el niño tiene que pasar por todas las fases de la evolución. En el camino hacia nuestra forma humana recorremos la jerarquía evolutiva. Antes de desarrollar pulmones tenemos branquias. Glen Doman, de los Institutes for the Achievement of Human Potential, ha demostrado al trabajar con cerebros de niños dañados que si no nos deslizamos sobre el vientre como las serpientes ni andamos a cuatro patas como cachorros, resulta que no se desarrollarán correctamente la médula pons y el cerebro central, los llamados cerebros de reptil y mamífero.

El yo es un lugar de encuentro entre eternidad y tiempo, la mente holográfica en el cuerpo evolutivo. Cada sistema nervioso narra la historia de Belén. La información codificada del cosmos se encarna en todo el cuerpo histórico. El ser humano es un pórtico hacia el más allá.

Cuando la cuestión del yo se coloca en el contexto de la visión místico‑científica del yo cósmico‑evolutivo resultan asombrosas las vistas y aventuras posibles del egoísmo. ¿Cuánto podemos aprender de nosotros mismos? ¿Cuánta información codificada residente en nuestros cuerpos y mentes puede recuperarse y hacerse consciente? ¿Qué podemos saber de los acontecimientos de lejanas galaxias y de la sabiduría animal sintonizando nuestros propios sistemas nerviosos? ¿Podemos escapar a la prisión del tiempo y del espacio y viajar al más allá, que es la fuente de la que fluyen todas las cosas? ¿Podemos retroceder y avanzar en el tiempo? Una vez que se ve que el yo no es solamente un cautivo del mundo fenoménico, que no es un mero prisionero de este tiempo y espacio, de este cuerpo, las posibilidades son infinitas. La aventura del autoconocimiento nos lleva a los bordes de lo desconocido.

¿Hasta dónde podemos llegar? Quién sabe. Nos hallamos al comienzo de una nueva era de descubrimientos. El matrimonio entre ciencia y misticismo abrirá nuevas posibilidades y liberará potencialidades que apenas podemos imaginar. Tal vez seamos capaces de prever parte del futuro al tomar en serio las historias de poderes extraordinarios (siddhis) que se atribuían a los antiguos yoguis y místicos.

La meta de la autoexploración está más allá de toda imaginación, pero al menos los primeros pasos están dados. El viaje a las dimensiones cósmico‑evolutivas del yo no puede empezar hasta que nos atrevamos a ir por debajo de las imágenes del yo, dadas por nuestros parientes e iguales. El primer paso estriba en salir de la persona, la armadura de carácter creada por nuestro proceso normal de desarrollo psicológico. Hemos de atravesar el umbral que guardan la culpa y la vergüenza (los guardianes de la conciencia, que representan los valores y visiones de los gigantes: padres y autoridades). En el teatro mágico del lado lejano de la personalidad descubrimos los numerosos papeles que “la persona” no estaba autorizada a representar. Bajo el carácter encontramos los yo reprimidos: el asesino, el playboy, la víctima, el santo, los numerosos rostros de Eva o Adán; sólo cuando hayamos atravesado este teatro de multiplicidad de roles del yo habremos atravesado el segundo umbral en donde empieza el viaje a las dimensiones cósmico‑evolutivas del yo. Y esa aventura es infinita. En este momento de mi vida no puedo decir nada más. Distingo claramente el horizonte. Pero sólo tengo algunos sueños, presagios y mensajes de otros viajeros para guiarme hacia ese algo desconocido.

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