Chavez bajo la lluviaCélebre por sus maratónicas alocuciones en las que podía disertar sobre lo humano y lo divino por horas -más de nueve fue su récord- paradójicamente saltó al imaginario popular con una breve frase imprescindible para entender el “fenómeno Chávez”.

“Compañeros: Lamentablemente, por ahora, los objetivos que nos planteamos no fueron logrados (…) asumo la responsabilidad de este movimiento militar bolivariano”, dijo el espigado teniente coronel en su primer mensaje a la nación para rendirse tras su fallido golpe de Estado el 4 de febrero de 1992.

Pagó la asonada con dos años de cárcel, pero su intempestiva aparición en un país hastiado de sucesivas crisis económicas y una rampante corrupción marcó a muchos, que vieron en el díscolo soldado, con su boina roja de paracaidista y su porte militar altivo, a uno de los suyos, un hombre del pueblo.

Se iba a llamar Eva, pero el 18 de julio de 1954 nació Hugo Rafael en un rancho con piso de tierra y techo de palma en las llanuras del estado de Barinas, segundo de seis hermanos de un matrimonio de maestros rurales.

En su infancia fue monaguillo, pintor aficionado y vendedor ambulante de “arañas”, los dulces que hacía su abuela Rosa Inés para sostener la precaria economía familiar. Soñó con ser pitcher en las Grandes Ligas pero terminó en la Academia Militar de Caracas, donde encontró su verdadera vocación y su destino.

EL HURACÁN BOLIVARIANO

Cuatro años después de salir de la cárcel, ni la acusación de golpista, ni las críticas por su nula experiencia política, ni los gritos de que era un comunista disfrazado le impidieron convertirse en 1999 en el presidente más joven de Venezuela con una nueva Constitución como promesa para refundar la patria.

El “huracán bolivariano”, como le ensalzan sus devotos, desató un inclemente combate con los partidos tradicionales, la prensa, la jerarquía eclesiástica, la elite empresarial, antiguos compañeros de armas y buena parte de la ciudadanía, que al únisono lo acusaban de conducir al país hacia el abismo.

La situación explotó en abril del 2002, cuando fue derrocado en un golpe que naufragó en 48 horas. Rescatado por militares leales y en medio de intensas marchas populares, convirtió su “hora más oscura” en un mayúsculo triunfo político.

No sería la última vez que sobreviviera milagrosamente cuando sus adversarios lo tenían contra las cuerdas, como cuando presionaron por su renuncia con un feroz paro petrolero a fines de 2002 o cuando trataron en 2004 de revocar su mandato mediante un referendo previsto en la carta magna que él mismo impulsó.

Con cada embate, el líder bolivariano ganó más poder y se fue radicalizando hasta que finalmente logró en 2006 una reelección récord al grito de “patria, socialismo o muerte”, aupado por sus “misiones” sociales en alimentación, salud y alfabetización financiadas con la enorme renta petrolera.

A golpe de 30 cafés negros por día para soportar horarios draconianos, con poco tiempo para comer y menos para dormir, Chávez gobernó en permanente “vivo y directo” desde la televisión, empeñado en dar vida a su heterogéneo socialismo criollo de influencias bolivarianas, cristianas y fidelistas.

“Ser rico es malo, es inhumano. Así lo digo y condeno a los ricos”, aseveró sin titubear ante empresarios en 2005.

En su mítico programa dominical “Aló, Presidente”, Chávez se mostró en estado puro, con ese estilo de microgestión al detalle donde todo pasaba por su firma, entremezclando reflexiones políticas, filosóficas y personales con canciones de amor, chistes, anécdotas e interminables polémicas.

Más tarde confesaría que este frenético ritmo lleno de sobresaltos y crisis, sin espacio para sus cuatro hijos o buscar de nuevo el amor tras dos divorcios, fue causa de su enfermedad.

“Me acostaba a las 3 de la mañana. Me levantaba a mediodía, sin desayuno y apurado. Eso no es vida, yo me estaba matando”, dijo al volver a Caracas tras su primera operación, una época más reflexiva en la que prometió cambiar, comenzando por apartar su viejo lema “patria socialista o muerte” por un optimista “viviremos y venceremos”

LOS “PEROS” DE CHAVEZ

Dotado de un innegable don de gentes y muchos recursos, su oratoria encandiló a humildes obreros de las míseras barriadas venezolanas, sesudos intelectuales de izquierda y rutilantes estrellas de Hollywood, a quienes dedicaba sentidas palabras de lucha social, amor por los humildes y respeto para los pueblos.

Pero esa misma elocuencia era puro veneno para sus enemigos, a quienes dirigió palabras de odio, resentimiento y exclusión en una batalla mediática donde toda descalificación era válida para combatir a sus críticos, algunos de los cuales huyeron del país o acabaron presos acusados de corruptos o golpistas.

Chávez, en su estilo desenfadado, le cantaba una copla a la dura polarización que despertaba: “No soy monedita de oro pa’ caerles bien a todos, así nací y así soy, si no me quieren, ni modo”, mientras sus detractores lo comparaban con todo tirano vivo o muerto, lo acusaron de megalómano, corrupto y loco.

Su popularidad casi religiosa osciló al ritmo del precio del barril de crudo, del que el país depende cada día más para la importación de alimentos y todo tipo de bienes y servicios sosteniendo una inflación que, aunque sensiblemente inferior a la que heredó, se mantiene como una de las más altas del mundo.

Sus heterodoxas políticas económicas estuvieron marcadas por la hiper regulación del sector privado, con controles de precios y de cambio, faraónicos proyectos de los cuales muchos quedaron inclusos. Tuvo en su puño una serie de fondos paraestatales que le dieron un control sin precedentes sobre el erario público.

Pero lejos de un socialismo clásico, la bonanza petrolera propició un auge del consumo sin precedentes que llegó de manera masiva a las clases bajas, disparando las compras de autos, celulares y televisores en medio de un clima de prosperidad.

Tras entrevistar a Chávez en un vuelo en 1999, el propio Gabriel García Márquez se quedó con la duda de haber conversado con dos hombres opuestos: “Uno a quien la suerte empedernida le ofrecía la oportunidad de salvar a su país. Y el otro, un ilusionista que podía pasar a la historia como un déspota más”.

Y es que con Chávez siempre hubo un “pero”, a favor o en contra. Creó nuevos programas de salud, alimentos baratos y educación para los más pobres, pero no dio respuesta al crecimiento alarmante del crimen y la corrupción.

Marginó a la clase media, a los emprendedores y a sus críticos, pero dio visibilidad a los excluidos.

Atemperó las brutales desigualdades sociales de un país enormemente rico lleno de pobres, pero no tuvo soluciones para problemas estructurales que lastran al país desde hace décadas.

Clamó una segunda independencia que terminara la obra que inició hace 200 años el Libertador Simón Bolívar, pero no pudo desatar a su país de la dictadura económica del petróleo con un socialismo que se quedó a medio camino “entre lo que no acaba de nacer y lo que no acaba de morir”.

“Yo asumo mi culpa”, retó a aliados y adversarios en uno de sus últimos consejos de ministros, mientras hacía planes para el nuevo mandato de seis años con el que planeaba sellar dos décadas en el poder. “Pero que cada quien asuma las propias”. (El Sentinel)

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