Cartagena, ciudad amuralladaSiete millas de murallas que se pueden recorrer en su totalidad rodean casi por completo este vivaracho centro urbano de 450 años, meca del turismo colombiano  con espléndidas vistas al Mar Caribe, la Bahía de las Ánimas y tres lagunas.

El corazón de Cartagena es esta ciudad, tan vibrante hoy como fue en su pasado glorioso. Aquí vivía la gente adinerada y poderosa en los tiempos coloniales, quienes construyeron mansiones, palacios e iglesias mientras la ciudad se protegía con baluartes y fuertes de los piratas en busca de los tesoros que eran transportadas de Perú a España vía Cartagena.

Cada una de las once plazas del casco histórico es distinta y está vinculada a una leyenda o hecho histórico. Rodeadas unas de estructuras centenarias y otras, de restaurantes y tiendas, son espacios vivos para comer al aire libre, comprar alhajas a los insistentes vendedores ambulantes, apreciar las pinturas y representaciones de los artistas callejeros o, sencillamente, hacer nada. No vi camisetas para la venta; ahora bien, las pamelas son fabulosas y se consiguen a buenos precios.

Las murallas son de piedra clara, están limpias y bien conservadas. Sobre ellas y los baluartes se camina, se baila, se espera la puesta del sol y se desarrolla una intensa actividad. Cualquier cosa puede ocurrir  sobre estas murallas.

Por la noche, es donde se concentran todas las chivas rumberas en ánimo de promover el baile y la fiesta. Acerca de las pintorescas chivas debo decir que su éxito las ha convertido en guaguas en las que los pasajeros se apretujan -hasta seis en un asiento- y  apenas les queda espacio para moverse, aunque  sí para beber ron con Coca-Cola y hacer un corto recorrido nocturno que termina en una concurrida discoteca. La chiva, en ese sentido, hace las veces de un taxi colectivo a razón de $20 por pasajero.

La ruta del Gabo

A la mezcla de fiesta, encanto y patrimonio de la vieja ciudad hay que añadir la magia. Cartagena fue un importante referente para las novelas “El amor en los tiempos del cólera” y “Del amor y otros demonios” y evocaciones de la autobiografía “Vivir para contarla” del escritor Gabriel García Márquez.

Plaza Florentino Ariza en CartagenaEl Gabo llegó a la ciudad procedente de Bogotá en 1948 y aunque no vivió en ella muchos años regresaba cada cierto tiempo para visitar a sus padres y hermanos, que tenían su residencia allí. En la actualidad tiene una casa en la ciudad amurallada.

Algunos de los jardines, casas y plazas donde “Florentino Ariza” y “Fermina Daza”, protagonistas de “El amor en los tiempos del cólera”, contuvieron su pasión durante 53 años -allá por el siglo 19- se recorren siguiendo una ruta literaria que hace paradas en 35 escenarios de ésta y otras obras.

El propio escritor contribuyó a crear un audio tour que permite a grandes grupos mantener contacto con el guía y escuchar la grabación correspondiente en el lugar real o imaginado. El recorrido toma dos horas y 30 minutos.

La ruta de la salsa

Cuando se pone el sol se enciende la música y el baile hasta el amanecer, dentro y fuera de las murallas. Salsa, merengue, vallenato, piezas electrónicas, rock, reggae y cumbias, los colombianos bailan de todo y es contagiosa la forma en que se divierten en grande.

Turismo recomienda empezar la ruta de la salsa en el barrio peculiar de San Diego, en La Esquina Sandiegana, seguir por el centro histórico hasta Donde Fidel, pasar por Quiebra Canto, un lugar autóctono que fue uno de los favoritos del Gabo, hacer un alto en la discoteca Bazurto Social Club y si todavía se amina, rematar en el Havana Club, que ofrece conciertos en vivo en el Barrio Getsemaní (fuera de las murallas).

Como no todo es salsa, a lo largo de la calle del Arsenal, cerca del Centro de Convenciones y también fuera de las murallas, están las mejores discotecas de la ciudad.

Fuera de las murallas

 Fuera de las murallas están los barrios residenciales Bocagrande y su malecón, céntrico y turístico, Castillogrande, Manga y Pie de la Popa.

El cerro La Popa, que alberga el convento del mismo nombre, y el Salto del Cabrón (no es broma, así se llama), es el punto más alto de la ciudad. Llamado así porque desde el mar parece la parte de trasera de un barco, ofrece espectaculares vistas del Mar Caribe y de las cuatro islas que componen Cartagena: la Ciudad Amurallada, Manga, donde viven las antiguas familias adineradas, Bocagrande y Tierra Bomba, el área montañosa.

El Salto del Cabrón designa el risco junto al histórico convento desde donde, según cuenta la historia, un cura lanzó un macho cabrío de oro puro de 250 libras de peso que era adorado al son de “urí, urí” por los brujos. Dicen que nadie encontró jamás los restos del cabro.

Si lo tuyo es el agua

Como ciudad costera Cartagena cuenta con una amplia zona de playas. Este, a mi juicio, no es su fuerte. Acostumbrada a la arena clara, la arena  Cartagena Playavolcánica de Bocagrande no me causó gran entusiasmo. No obstante, se pueden pasar horas disfrutando del  il bel fare niente, o sea, el placer de hacer nada, en los hoteles del malecón  y comprar comida y bebida que le llevarán a su silla de playa.

Otra alternativa es tomar uno de los barcos que salen del Muelle de la Bodeguita, junto al Centro de Convenciones, que dan recorridos por la bahía. Las vistas nocturnas de la ciudad valen la pena, si uno está en buena compañía.

En la isla del Rosario, del archipiélago de igual nombre, la arena es blanca, pero pedregosa. Es un santuario de flora y fauna y un excelente lugar para bucear en los corales y mejor aún hacer deportes acuáticos. Un recorrido en bote te llevará al acuario o hasta el poblado de los pescadores, el Orika. Este paraíso queda a una de hora de Cartagena en bote. Encuentro el viaje un poco costoso ($80 más impuestos) para una estancia de cinco horas.

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