El mágico Parque Nacional Canaima, una zona de transición entre la gran sabana venezolana y la selva amazónica, es la tierra a donde llegaron los caribes procedentes del litoral del Atlántico, de la mano del indígena cazador Takupik, hijo de un chamán que durante un trance visualizó el lugar en el que podían permanecer ocultos a los ojos de los hombres blancos.

La espesa vegetación, los morichales, los grandes ríos y las mesetas rocosas (antiguas formaciones conocidas como tepuyes) y sus acantilados, que se alcanzan a advertir en el vuelo de 40 minutos en avión desde Puerto Ordaz, en el estado de Bolívar, son apenas una pincelada de todo cuanto allí existe.

No en vano, por su tamaño es considerado el sexto parque nacional más grande del mundo, pues se extiende a lo largo de 30.000 kilómetros cuadrados que llegan hasta la frontera con Guyana y Brasil.

En esta región está la Gran Sabana venezolana, en donde los reyes son los tepuyes. Mesetas con paredes verticales y cimas muy planas en las que se forman acantilados y sus caídas de agua, como el salto de Ángel, la más elevada del mundo, con 979 metros.

En esta tierra también está la gran laguna de Canaima, a la que caen siete enormes cascadas o saltos, que cada segundo aportan cientos de metros cúbicos de agua y que con su fuerza forman las olas que lavan sus playas. La caída de esas cortinas de agua, a por lo menos 45 metros de altura, retumba en el entorno y silencia la fauna que habita este alejado lugar.

Un mar interior

 

La laguna de Canaima es un pequeño mar dulce cuyas aguas, según los nativos, son ricas en minerales que recogen desde las montañas los ríos Carrao, Churún y Acanán.

 

Este lugar no solo ofrece playa y sol a quienes lo visitan, principalmente japoneses, rusos, alemanes y británicos, sino también contemplación de la naturaleza y aventura por los rápidos y exigentes caminos que conducen a los saltos.

Estos son los sitios que conocen a la perfección los diestros pemones, como se les llama a los miembros de las tres etnias que habitan los cerca de 30.000 kilómetros cuadrados del parque.

“Somos afortunados de vivir en este bello lugar. Quiero estar siempre acá”, dice Mumbö, un guía pemón de 28 años, que proviene de una familia en la que la mayoría de integrantes son guías turísticos y operadores.

Una travesía entre saltos y tepuyes

 

Los saltos sorprenden a quienes viajan al parque Canaima.  El punto clave de la aventura en el suroriente venezolano.

 

Parque Nacional CanaimaEl Parque Nacional Canaima, en el estado Bolívar, en Venezuela, es Patrimonio de la Humanidad, declarado por la Unesco desde 1994, y fue inmortalizado por el escritor Arthur Conan Doyle en su novela The Lost World (El mundo perdido), en la que recrea aventuras con criaturas prehistóricas en una meseta de la Amazonia.

El recorrido por esta maravilla de la naturaleza se inicia en curiaras (botes con motores fuera de borda), en las que se transita cerca de los saltos. Uno de ellos es el imponente Hacha (los pemones lo conocen como Waka), que tiene 45 metros de caída y unos 200 metros de ancho. Allí, el rocío alcanza a salpicar a quienes están a bordo.

La navegación por la laguna se suspende al llegar a la isla Anatoly, llamada así en homenaje a un catire (hombre rubio) de origen ruso que se enamoró de una indígena con la que tuvo tres hijos, todos rubios.

En este sitio empieza una travesía a pie por pequeños bosques hasta llegar al salto de El Sapo (Sarimpa, en lengua pemón), donde termina la contemplación del paisaje y se da inicio a la verdadera aventura.

Por un sendero tapizado de rocas desiguales y con un acantilado a un costado, se entra a la cortina de agua. El torrente cae sin entorpecer el andar, pero en ocasiones nubla todo y es más fácil avanzar guiado por las paredes de la caverna o por el lazo que delimita la zona de riesgo.

Después de recorrer al menos 150 metros por el irregular camino, se llega al frente de la cascada. Miles de metros cúbicos se estrellan con violencia contra el piso y el agua se convierte en vapor.

“Valió la pena”, “esto es realmente maravilloso” son algunas de las frases de los aventureros que, luego, totalmente lavados, deben subir por un estrecho camino a la cima de la montaña, desde donde se descuelgan las aguas y aparecen más cerca los tepuyes gemelos que se divisan desde la laguna de Canaima.

Es un lugar único, una especie de mirador desde el que se aprecian el bosque y la bruma que se levanta del fondo del salto y que cubre un trecho del río.

En este punto es inevitable sacar las cámaras fotográficas. O, mejor, los equipos que sobrevivieron a los torrentes y a la alta humedad del lugar. (El Tiempo).

  

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