Jorge Bergoglio en 1976Aquella tarde de 1957 la vida de Jorge Bergoglio cambiaría para siempre. Había decidido hacerse sacerdote y se lo comunicó a sus amigos en una vieja casona de Carabobo y Alberdi. Allí, en pleno Parque Chacabuco, su “barra” recibió la noticia entre alegría y algo de nostalgia por la pérdida del trato cotidiano. Un par chicas, incluso, lloraron su decisión. Era el primer paso en su larga caminata hasta la Santa Sede.

Alba Colonna recuerda bien aquella tarde. Formaba parte de ese grupo de amigos que se había formado, precisamente, por la comunión entre parroquias de Flores y de Lugano. En diálogo con LA NACION, la mujer recuerda cómo era ese muchacho de 20 años que, finalmente, se convertiría en el primer Papa argentino de la historia.

“Era un chico muy delicado, muy sociable. No era un súper intelectual ni alguien místico. Solamente le interesaban las cuestiones sociales y por eso recorría los barrios carenciados”, rememora la mujer, y hace un paralelismo con su primer discurso como Pontífice. “Me llamó mucho la atención su primera aparición en público. Sus palabras no eran las de un Papa. Eran las de un amigo. Y así era él…”, dice, mezcla de asombro y profundo orgullo.

No llamaba la atención. No era el clásico líder carismático, todo lo contrario. Era humilde, cordial y llevaba una vida acorde a la de cualquier joven de su edad en aquella época.

En ese marco, los famosos “asaltos” eran un clásico. El hoy Papa, se acercaba vestido de traje a sus amigas, extendía su mano y las invitaba a bailar clásicos de David Carroll como “Tirando manteca el techo” o “La mecedora del abuelo”. Sin embargo -recuerda Alba-, “Jorge era un gran bailarín de tangos. Le gustaban mucho.”

Las de Bergoglio con sus amigos de la adolescencia eran fiestas divertidas y largas. El sábado por la noche ellas llegaban con comida y ellos con bebida. Si además se festejaba algún cumpleaños, entre los muchachos no faltaba el riguroso saco blanco. El baile se extendía hasta las cinco de la mañana, cuando los muchachos acompañaban a las damas hasta sus casas. “Eso sí. a las ocho ya estábamos todos en misa”, cuenta Alba.

“Después de aquella reunión en la que nos comunicó su decisión, sólo volví a verlo en actos religiosos, casi todos multitudinarios. Se convirtió en alguien muy importante y siempre me dio vergüenza acercarme”, confiesa Colonna.

Ayer a la tarde, Alba terminaba una corta visita a El Calafate. Subió al micro que la llevaba al aeropuerto y por la radio escuchó que el nuevo Papa no sólo era argentino. También era aquel muchacho castaño, alto y buen mozo con el que tantas experiencias había compartido durante su adolescencia. “Fue una de las sorpresas más grandes de mi vida. Y estoy convencida de que puede ayudar a darle un giro importante a la Iglesia. Un cambio de valores que lleve a mirar más hacia abajo y menos hacia arriba”, se esperanza.

Francisco, una nueva teoría

Alba tiene una curiosa sospecha de otro motivo que podría haber llevado a Bergoglio a escoger el nombre de Francisco, más allá de la figura de Francisco de Asís, el santo italiano de los pobres.

La mujer recuerda que los primeros pasos de Jorge en la actividad religiosa fueron en la iglesia San Francisco Solano de Villa Luro. Aún hoy, en la parroquia ubicada sobre la calle Zelada al 4700, hay una importante imagen del fraile y sacerdote español que viajó a América para predicar el cristianismo a los aborígenes.
Tal vez esa sea una más de las razones por las cuales aquel joven delicado y comprometido eligió el nombre con el que pasará la historia. (La Nación)

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